Así vive las horas previas a la final del Mundial un matrimonio de argentina y español
¿A quién apoyará la familia de Cesc Fábregas en la final entre España y Argentina?
MadridAl principio no fue ni chanza. Sólo un comentario cualquiera. Medio en chiste, medio en joda. Nada importante. Puro juego. Pura broma. Y así, entre chiste y joda, se fue cocinando el debut en el Mundial. Por aquel entonces la idea era virgen y apenas se dejaba ver. Minúscula y lejana. ¿Improbable? No, mucho más. Imposible. “¿Te imaginás?”, sonaba la joda. “Imposible”. Imposible, sí, pero también misteriosamente atractiva. “¿Y si sí?”, jugábamos. Y con la letanía de una fase de grupos que se parecía más a la Asamblea General de las Naciones Unidas y que iba a resultar tan eterna como divertida fueron cayendo goles de Messi, de Oyarzabal y de otros. Y patadas uruguayas. “¿Y si sí?”, murmuraba la casa. Sin drama. De la joda a la chanza. Pero, ¡ay!, la primera piedra para dejar de conjugar el sortilegio en condicional y pasarlo a presente de indicativo la pusieron los dos equipos haciendo los deberes. Primeras de grupo. España y Argentina. Como lo quería la FIFA y como un poco sin decirlo lo queríamos nosotros. Éste es el momento en que se pasa de la joda a la risa inquieta, que no llega a flasheo, pero se le viene acercando.
Y así llegamos a los dieciseisavos de final de este Mundial que está durando cuatro y que se nos ha ido tan rápido. “Fuera de joda, ¿y si sí?”. Y de pronto la idea se nos hizo adolescente. Con su impronta de promesa, sí. Pero también con el vértigo de una tanda de penaltis que se acerca. Y siguió creciendo. Ahí, en el cuadro de eliminatorias, que lo llaman cuadro pero que es más un árbol genealógico cruel de la evolución futbolística. O una máquina precisa de engranajes y ruedas dentadas prevista para guardar un secreto, que empieza a enfocarse de a poco a medida que las cremalleras y las transmisiones se conectan, pero que sólo se revela por completo con el movimiento de la última pieza. Fueron girando las ruedas dentadas con paciencia y precisión. Con el ritmo exacto de un diapasón, de una gota constante en la canilla o de la mano de un bostero que va y viene sobre su propia cabeza en lo más alto de La Bombonera. Fueron girando las ruedas y el balón también. Austria y Cabo Verde. El “¿y si sí?” mutó a “capaz que…”. Portugal y Egipto. “Capaz que…”. Bélgica y Suiza. Después de cuartos sí, ahí ya era flasheo. Fuera de joda. Francia e Inglaterra. Una semifinal imperial. La otra revolucionaria. Y como nos lo habíamos tomado en joda la final nos cayó de golpe y sin un plan.
En pocas horas ha tocado improvisar. En la pizarra del DT, choripanes, croquetas y fernet. Menú 4-4-2. Ortodoxo, previsible y sin fisuras. La cena está resuelta. Luego está la música. Un bucle de ida y vuelta entre ‘Dieguitos y Mafaldas’, ‘Partido a partido’ y ‘Las tumbas de la gloria’. Y ‘Estadio Azteca’ y ‘Un buen día’. Y ‘El baile de la gambeta’ y ‘La marcha del golazo solitario’. Y, lo más importante, los hijos, que por sabios ya venían prediciendo este destino y ya tenían el plan anticipado. “Una camiseta en cada tiempo”. Nueve años. Si tuviera una radial partiría la copa en dos. ¿Normas IFAB para el partido? Pocas y flexibles. Los goles se cantan, faltaría más. Y las polémicas se obvian. “Un genio el réferi”, pase lo que pase. Como aquí ya se ha celebrado un Mundial albiceleste, otro de La Roja y la Eurocopa de Lamine, huelga fingir enfado si la cosa no sale como cada cual espera. La parrilla es el consuelo. El vino también. Y durante los 90 minutos, como los dos ídolos domésticos de Rosario y Úbeda. Enemigos íntimos. Pero en broma. Fuera de joda.

