Hay quien vive fingiendo que la esencia vasca es la suya y no la del Athletic

Desmarcados: Es triste ver a un Athletic merecidamente echado de la Copa por una Real ramplona
Kuitxi Pérez ha visto mal al Athletic en la semifinal de Anoeta y peor aún al VAR
A la tercera, la vencida. La mía, no la del Athletic Club, que llegaba a Anoeta asistido por respiración artificial. La vencida mía, luego de que desapareciera la contra crónica concluida a las tres y media de la madrugada. A horas tan intempestivas, pretendía quitarme el muerto de encima.
Y luego dormir en la capilla ardiente que, a priori, se había instalado en esta habitación de la casa de los sueños. Como si estuviera escrito, o porque escrito estaba, que el Athletic llegaba asistido con respiración artificial al duelo a la luna pactado con motivo del segundo acto de la semifinal de la Copa.

Con un gol de desventaja se presentaban los leones en el feudo de Anoeta. Campo, campa, huerto de los olivos en el que, para que las escrituras se cumplieran a rajatabla, tuvo que mediar el beso traicionero de un ser malévolo y retorcido que se escondía en su guarida de Las Rozas.
O tal vez, no, lo de su condición de desalmado. Podría haber sido que, para concluir la agonía de un suplicio cruel, hubiera decidido intervenir con una eutanasia amparada por su propia legislación. Eutanasia. Bien morir. Dulce muerte. Pincho en hueso el que en las alturas hilvanaba.
Ni siquiera de suicidio asistido se puede hablar. 'Lord of the Ages'. El señor de los tiempos de Magna Carta. Capaz de retroceder en el tiempo hasta dar con una razón que alumbrara deberes. El deber de forzar al señor Soto Grado a que se acercara al monitor en el que se estaba repitiendo 'El show del Athletic'.

A cuenta de qué hacer sangre al Athletic Club...
La Real Sociedad estaba virtualmente en la Cartuja, pero, sin embargo, a un gol tan sólo el empate, la prórroga, los penaltis. Esos lanzamientos en los que el ángel de Alex Padilla abriera sus alas para darle al Athletic el pase a una semifinal que jamás había flotado en el aire, como a la espera. Acto cruel. Y gratuito. Fútil. Estéril. Como si la intención fuera la de dañar por el mero hecho del daño. Duele. Pregunta burlona, o burlesca, que no es lo mismo pero es igual.
No se precisaba de un penalti postrero para que la Real Sociedad se metiera en la final. Y sí, para que la masa amorfa del graderío le despidiera al Athletic con gritos de odio. "Bilbaíno el que no bote". No me daba por aludido. Izan ere, ni Portugaletekoa naiz, jarrillero, Euskal Herrikoa.
Y un ser menor, el gigantón Matarazzo, fabricado en troquel en el taller del inquietante Simeone. Al finalizar el partido, Valverde lo buscó para ofrecerle su mano sincera y generosa. En vano. El técnico de la Real Sociedad, demostrando su no saber ganar, se hallaba inserto en la marabunta.

Achuchando a sus discípulos. Estrechando la mano del juez principal y sus asistentes. Y de haber habido farolas clavadas el verde, las habría abrazado en homenaje a José María García y su "Pablo, Pablito, Pablete". Tuvo que entrar en escena Sendoa Aguirre, delegado del Club, para poner en su sitio al descolocado Pellegrino Matarazzo.
Atenta estuvo la cámara, y no se necesitaron lectores de labios para sentir orgullo por el que, en nombre de nuestro entrenador, Ernesto Valverde, le recriminaba al técnico de la Real Sociedad llorar a las malas, y reír cuando el árbitro había decidido sumarse a la fiesta de las sombras, que, de espaldas al verde, rugían feroces. Criaturas que se aferran a una esencia vasca que decidieron traicionar para vivir fingiendo que la caseta vasca es la suya, y no la del Athletic.
.- Por Kuitxi Pérez García, Periodista y exjugador del Club Portugalete