El miedo verde y la sangre roja

El Betis dominó y tuvo el partido para rematarlo, pero cometió el gran pecado de dar por muerto al Sevilla
Aitor Ruibal lamenta el empate ante el Sevilla: "La primera que tienen, la meten y se vienen arriba"
Todavía hay gente que se pregunta qué tiene el fútbol. Aún quedan seres humanos que no entienden la magia de un derbi fratricida. El que han disputado Real Betis Balompié y Sevilla FC lo explica todo. Es único, el mejor derbi del mundo, precisamente por lo visto sobre el césped de La Cartuja. Se puede vanagloriar de ello por muchas razones, aunque la pasión y la incertidumbre deportiva que genera no tienen parangón. Si no, hubiera resultado imposible su desenlace de empate cuando probablemente se enfrentaban la mejor y la peor versión histórica de ambos contendientes.
Aquí, en el derbi sevillano, puede haber favorito, más nunca un pronóstico certero. El miedo verde y la sangre roja se conjugaron para darle la vuelta al vaticinio generalizado. Ni un bético dudaba de la victoria; al contrario, apostaban por si sería el día de provocar el mayor escarnio de su rival. Ni un sevillista dudaba de la derrota, más bien se preparaban temiendo lo peor.
El Betis hizo una primera parte decente, sin alharacas, sin alardes, que le bastó para poner en franquicia el marcador y consagrar la euforia que se respiraba en la parroquia verdiblanca. Porque tiene jugadores diferenciales que hicieron aflorar las vergüenzas de los de enfrente. El conjunto de Manuel Pellegrini, consciente de su superioridad, jugó con cautela y tino para llevar el balón donde le convenía, mientras se cuidaba de que el Sevilla no lo cogiera a la contra, vista su incapacidad para generar fútbol. Y mucho menos fútbol vertical y dañino.
La confianza y la tranquilidad de sentirse a años luz, sin embargo, le hicieron dar un pasito atrás que el gol de Álvaro Fidalgo puso en valor. No le requería mucho más esfuerzo que tocar la pelota cuando se requería y dejársela al rival para que tardara poco en devolvérsela. El Sevilla ya controló en buena medida el partido un rato largo de esa primera parte, pero con un dominio plano y previsible, sin la más mínima ilusión de daño.

El gran pecado del Betis
Llegó el descanso y con él, el gran pecado del Betis. Y especialmente de Pellegrini. El cuadro bético se gustó en ese fútbol a contra estilo, confiando en él y quizá envalentonado por lo que ocurrió en la ida en el Ramón Sánchez-Pizjuán. Con 2-0 y la responsabilidad de acortar distancias, ya metería la pata el Sevilla…pero los de Almeyda ahondaron en ese prefacio de dominio y volvieron del vestuario dispuestos a remontar. Detalle que da idea de la importancia real que tuvo el hecho de que el técnico argentino no estuviera en el césped. Absolutamente ninguna.
Los retoques tácticos del entrenador sevillista funcionaron y, sobre todas las cosas, sus cambios. Quitó a los dos peores de la primera parte (Carmona y Suazo) y sacó a dos futbolistas que aportaron de verdad a un equipo que tiene muy poquito. Ejuke y Oso revolucionaron al Sevilla, dándole control del balón, amenaza, verticalidad y energía. Y contagiaron a un equipo cuya historia ha demostrado que no hay dar nunca por muerto. La sangre roja multiplicó el miedo verde, azuzado por los cambios de Pellegrini y su incapacidad para trocar la deriva que había tomado el encuentro. El Betis abdicó de la victoria, sus figuras se desvanecieron en medio del ardor de los mucho peores futbolistas que había en el otro campo y el entrenador chileno se quedó de brazos cruzados.
El empate para el Betis no es ninguna tragedia mayor, aunque sí demuestra su irregular solvencia y aviva un complejo de inferioridad que parecía ya de otro siglo. El empate para el Sevilla no significa la salvación ni tapa sus muchos problemas, pero sí aclara que aún tiene entrenador y orgullo. Y de eso carecen, como mínimo, cuatro o cinco equipos de esta liga.