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Opinión

El largo regreso a casa de Marcelino

Redacción local

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Gesto del asturiano Marcelino García Toral a sus jugadores en un partido. LALIGA
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BilbaoLa corta experiencia de un adiós premeditado. Toda una vida ansiando Lezama, San Mamés, la Catedral, el Athletic Club, por dios, quién lo tuviera. Quién lo pudiera entrenar como si, en vez de leones, fuera el rebaño de ovejas. Pastor, entonces, de palabras, un verso aquí, otro allá, poemario y esa otra poesía que siempre va por libre porque a algunos futbolistas les cuesta rimar, y arrimar, así el hombro en el paso ceremonial como el ascua a la sardina o la mano al clavo ardiendo.

A Marcelino se le hizo corto. Y fue así que, cuando quiso darse cuenta, el camino de ida troco en vuelta o regreso. Le habría gustado rezar más al orador de Careñes. Y que el trabajo le resultara costoso. Llegó a temporada partida, y en el avance de su segundo ejercicio las elecciones se lo llevaron por delante como el Nervión cuando baja crecido de troncos mutilados y barro electoral. Y en medio de todo, allá donde él ansiaba el fútbol más preciado de los suyos, se instauró un silencio contagioso que provocó vacíos hasta la bandera.

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Aquel Athletic interruptus de Marcelino García Toral

No pudo. No supo. A veces parecía que sí y resultaba que no. "Cien llegadas dónde irán". Remates a la remanguillé. Los 'vicegoles' que cantaba con su pluma deliciosa José Mari Mujika, de la metáfora el rey, atolondrada se queda la vanguardia de los leones por incapacidad manifiesta, o falta de pericia a botas llenas. Vuelve como el que nunca estuvo.

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Regresa como el que no pudo afincar sus valores, instaurar su reinado. Y mientras, escoltado por Aiarza y Alkorta, jaleado porque el ánimo era ausente, dos finales de frente y a las dos como si les hiciera ascos. Qué manera más triste de perder. Silencio, se juega, o Celtas Cortos para que pareciera que la lluvia caía en soledad.

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Habrá mirado hacia atrás el liviano pulidor de la cerámica. Entrené al Athletic, se dice a sí mismo. Experiencia fallida. Un recorrido lento por el lado peligroso de la vida. Bendecir, llorar, reír, maldecir. Como si el paso en sí mismo lo hubiera sido todo. Y no la estancia. Días eternos en los campos de Lezama. Hoy juega uno, mañana otro.

Y aunque a Ander Capa lo subiera en un pedestal para que su caída resultara aparatosa, rotunda, y a Íñigo Vicente lo condenara a galeras por practicar un fútbol exquisito en tierra de guerreros tortuosos, Marcelino García Toral será, en la historia del Athletic, el pasajero que, al reparar en diez leones sesteando, dijera, Veo once leones: el decimoprimero soy yo.

P. D. Pero hay los que a caballo entre dos temporadas entrenan... ¡Esos son los imprescindibles!

.- Por Kuitxi Pérez García, Periodista