El Athletic y las energías oscuras del vestuario

Fracaso o no fracaso, ¿y ahora qué Herr Terzic?
El entrenador Juan Pablo Palacio nos ofrece su diagnóstico de la mala temporada del Athletic Club
BilbaoDigamos que el último Athletic Club de Ernesto Valverde se presentó al inicio de la pretemporada 2025-26 con un proyecto que generaba grandes dosis de ilusión en la parroquia athlecticzale: Champions, fichajes ciertamente expectantes, la renovación “milagrosa de Nico Williams”...
Sin embargo, hay temporadas que la esperanza se convierte en desesperanza e irremediablemente te llevan a una angostura hipnotizante, irritante. Algunas se explican con fútbol: falta de gol, lesiones, mala planificación o errores tácticos, por ejemplo, otras ni con eso. Y luego existen campañas que dejan una sensación distinta, incómoda, casi paranormal. Temporadas en las que el problema parece ir mucho más allá de lo deportivo.
Eso es exactamente lo que muchos aficionados hemos sentido este año con el Athletic Club: la sensación de que el vestuario convivía con una energía oscura imposible de controlar.

Porque lo vivido esta temporada tanto en San Mamés como de visitante no ha sido una simple crisis futbolística. Ha sido una lenta caída emocional, mental y simbólica de un equipo que parecía atrapado dentro de sí mismo.
Desde el inicio de la pretemporada hubo señales extrañas: cambio de preparador físico, lesiones importantes de Beñat Prados y Unai Egiluz, la sanción UEFA de Yeray, resultados nefatos (sin importancia en ese momento de la preparación) pero incómodos y dañinos psicológicamente, el controvertido fichaje de Aymeric Laporte o el bombardeo de informaciones respecto del pequeño de los Williams.
Se generó un pequeño hilo esperanzador en los primeros tres partidos de la competición doméstica pero fue un satírico espejismo. A partir de ahí, el equipo encadenó partidos donde dominaba durante fases... para terminar desplomándose en cuestión de minutos. Cada error generaba otro error. Cada gol encajado parecía multiplicar el miedo.

Jugadores irreconocibles (que por cierto, han mantenido esa tendencia todo el curso), los mismos que la temporada precedente compitieron con intensidad y personalidad ahora aparecían apagados, tensos y desconectados. Casos como los de Daniel Vivian, Ruiz de Galarreta, Oihan Sancet, los hermanos Williams, Alex Berenguer y cía., son para un estudio o evaluación neuropsicológica.
Y el miedo, en el fútbol, es el principio de todas las sombras. También en el Athletic...
La competición de la Champions, salvada con cierto honor, eso sí, fue un detonante de una crisis latente, un torrente de secretos, teorías y misterio que ni en el “Área 51” hubiesen encontrado una explicación indubitada a lo expuesto en los terrenos de juego. Luego la Supercopa, la Copa... más de lo mismo.
En el entorno del Athletic siempre ha existido una dimensión emocional especial. No es un club cualquiera. Su filosofía, su identidad y el peso histórico de su camiseta convierten cada temporada en algo mucho más profundo que una simple competición deportiva. En Bilbao el fútbol no se consume: se vive, se hereda y casi se respira como una religión. Por eso, cuando el equipo cae, la sensación colectiva se vuelve asfixiante.

Esta temporada esa presión pareció transformarse en algo tóxico. San Mamés dejó de transmitir fuerza para empezar a generar ansiedad. El murmullo tras un pase fallado. Los silencios incómodos. Las miradas de incredulidad. Todo alimentaba una atmósfera pesada alrededor del equipo. Había partidos donde los futbolistas parecían entrar al campo con el convencimiento inconsciente de que algo iba a salir mal.
Y normalmente terminaba saliendo mal. Los errores defensivos rozaban lo inexplicable, imposible dejar la portería a cero. Balones sencillos convertidos en regalos al rival. Desconexiones impropias de jugadores profesionales. Goles encajados en los peores momentos posibles. Como si el equipo estuviera permanentemente perseguido por una especie de mal invisible. Resultado: la temporada con más derrotas en la historia de este centenario club.
Está claro que cuando un grupo deja de creer en sí mismo, cualquier oscuridad crece. Eso parecía el semblante de Ernesto Valverde en las ruedas de prensa. Algunos aficionados “hablaban” de un vestuario roto emocionalmente, dividido por tensiones internas y atrapado en un ambiente irrespirable. No necesariamente en un sentido literal, sino emocional. Porque los ambientes también se contaminan. Los vestuarios también enferman mentalmente. Y cuando eso ocurre, el rendimiento deportivo se desploma.

¿Por qué? Porque el lenguaje corporal del equipo resultaba demoledor. Cabizbajos tras encajar un gol. Discusiones constantes. Jugadores señalándose unos a otros. La sensación era la de un vestuario consumido lentamente por la frustración y la presión. Como si el Athletic hubiera perdido algo esencial: su alma competitiva.
Y es ahí donde el componente esotérico encuentra terreno fértil. El fútbol siempre ha convivido con rituales y supersticiones. Entrenadores que repiten rutinas obsesivamente, jugadores que pisan primero con el mismo pie, aficionados que no cambian de asiento “por si acaso”. Pero cuando las derrotas se acumulan y la lógica deja de servir, aparecen explicaciones más oscuras. El ser humano necesita encontrar sentido incluso en el caos.
El Athletic parecía jugar bajo una nube permanente. Ni las victorias tranquilizaban. Ni los buenos momentos duraban. Siempre aparecía algo que devolvía al equipo al sufrimiento: una lesión, un error arbitral, un fallo incomprensible o una desconexión colectiva. Como si existiera una fuerza empeñada en recordar constantemente al equipo su fragilidad.

Lo más preocupante era precisamente eso: la pérdida total de confianza. Los grandes equipos pueden tener limitaciones, pero sobreviven gracias a la convicción. Este Athletic, sin embargo, transmitía dudas constantes. Y en el fútbol profesional la duda es letal. Un jugador que piensa demasiado llega tarde. Un equipo con miedo deja de competir. Un vestuario roto termina contaminando cada rincón del club.
La sensación general era la de un grupo atrapado en un círculo oscuro del que nadie sabía cómo salir. Sin embargo, incluso las temporadas más sombrías dejan enseñanzas. Y quizá esta crisis sirva para recordar algo fundamental: el Athletic nunca ha sobrevivido gracias únicamente al talento, sino gracias a su identidad colectiva. Cuando el club pierde conexión emocional consigo mismo, aparecen los fantasmas.
Porque las energías oscuras no siempre vienen de fuera. A veces nacen dentro del propio vestuario. Dentro de la presión, del ego, de las dudas y del miedo.

En resumen, este año, el Athletic pareció convivir demasiado tiempo con muchas dudas. Inexplicable que no ha podido pelear por entrar en Europa en una Liga francamente barata. Esperemos que con Edin Terzic, y solamente en dos competiciones, el equipo cambie diametralmente porque el abismo ha estado cerca...
Aupa Athletic orain eta beti!!!!!!