Pésimos síntomas: 14 derrotas en LALIGA y 21 en total de un Athletic que invita a echar siestas y pestes
Elecciones Athletic 2026: Dos directivos ausentes. Dos estilos diferentes
Kuitxi Pérez ha vuelto a ver a José Bordalás sacarle los colores a un Athletic desnortado y pusilánime
Por defecto, vicio y exceso, los opinadores del Universo Athleticzale están convirtiendo a su equipo, el Athletic Club, en una sucursal del Real Madrid en Bilbao. Porque, así como el 'juguete' de Florentino Pérez nunca es derrotado por su rival, sino que es el equipo merengue el que pierde sus partidos, del mismo modo que para los que siguen al Athletic Club y se pronuncian con la boca o el lapicero, cuando el Athletic cae se debe a su inacción y falta de virtudes, y no a los méritos contraídos por su oponente. Soberbia en estado puro. El primero y más grave de los siete pecados capitales.
De "amor propio desordenado" estamos hablando, y del "deseo de ser superior a los demás". "Falta de humildad que lleva a despreciar" a los conjuntos con los que se cita el antaño 'Club de Bertendona'. Altivos periodistas y aficionad@s, los del "apetito desordenado" que los lleva a creer que su equipo es el preferido, y no el resto.
Prepotencia, vanagloria, egocentrismo, creencia de ser superior. De humildad necesitados, para poder reconocer su dependencia del concierto universal de una liga que implica asumir que donde las dan las toman.
Tras la humillante derrota [2-0] padecida en el Coliseum de Getafe, sólo es el equipo, los once de salida y los cinco restantes, y Ernesto Valverde, inocente entrenador que cree que con ser 'Domingo de Resurrección' basta, y hasta sobra. Helo ahí, echando a sus leones a la hierba arenosa del Coliseum. Hombre de poca, o de mala fé.
Visionario a la espera de que se cumpla lo que trae escrito en su pequeña libreta. Que el Athletic ha de ganar, así, por las buenas, o por las malas, en todo caso la inercia por ser un caso "Unique in the world". Munduan bakarra'. Que con eso basta están convencidos, así Valverde como los que se ponen la camiseta fuera del estadio.
Olvidando, sin embargo, que enfrente tendrán un opositor con las mismas ganas, y con más argumentos, que él.
No pronuncian su nombre porque la falta de humildad los pierde: "Getafe", dígase "Getafe". Y con respecto a su entrenador, creen que con obviarlo, por ser persona non grata y falta de sabiduría, sería suficiente para que no tuviera vela en este entierro.
Dos de la tarde del 5 de abril, también 2026. Seré yo, entonces, el que pronuncie su nombre, José Bordalás, barba a medio crecer, o en proceso de afeitado, precavido quizás, "Venía el Athletic y las puse a remojar".
Desde la atalaya de los técnicos sancionados, el mister de Alacant asistió al serio repaso que le dieron sus jugadores a los leones de Ernesto, del que mi amigo Miguel Suaña escribió en este medio que la historia lo juzgaría con el dulce castigo de la pleitesía. Marcó pronto el cuadro azulón. Pero ya antes, mientras desfilaban sus futbolistas camino del centro del campo, se intuía que lo suyo sería un paseo acotado en los 45 × 68 en los que se hicieron fuertes de principio a fin.
Sistemáticos en el 1-5-4-1. Guardando la posición como si en ello les fuera la vida, que les iba, así como al Athletic le va desde que todos dijeran "42" con la boca cerrada. Nunca el Getafe CF había sido tan superior al Athletic; nunca, Bordalás, le había dado a Ernesto Valverde una lección tan seria como ésta, dictada a partir de las dos de la tarde de un 5 de abril.
No fue Duarte autor de ninguno de los goles. Mientras se retiraba, para volver a entrar, creí entender la razón de la fe del Getafe, que, para vencer, no tuvo que mover montañas, loma seca y pelada era el Athletic, sino ser fieles a 'Los Domingos' estampados en la espalda del que un día fuera nazarí en el feudo de Los Cármenes.
No fue un asunto aparte del Athletic. Se trató del comportamiento de los jugadores del Getafe. En todo espacio y en todo tiempo. Aplastante superioridad que no requirió de aspavientos. Fue un triunfo sereno, paciente, a la vista de Bordalás, que observaba desde lo alto.
Y mientras los jugadores del Athletic se esmeraban en el esfuerzo de empujar pendiente arriba la roca que Txingurri a Sisifo le había tomado prestada, José Bordalás, plácido, disfrutaba de la calma que su colega le provocaba al ser incapaz de hacer ni un solo movimiento que pudiera alterar el signo sagrado de su victoria.
