Así es el brujo o warlock, la última clase que desata el caos en Diablo II: Resurrected

La última clase es una locura y tiene un par de formas de sacarle todo el jugo
Así es el druida, la nueva clase de Diablo Immortal que llega el 3 de julio
A estas alturas, meter contenido nuevo en Diablo II: Resurrected parecía casi imposible, pero Reign of the Warlock viene precisamente a eso, a agitar un juego que, al contrario que Diablo IV y su inminente Lord of Hatred, muchos ya daban por cerrado. Mientras llegan las novedades del último título, nosotros hemos amenizado la espera jugando a la reedición del videojuego que salió allá por el año 2000 Y hemos podido hacerlo con una nueva clase, el warlock o brujo, que llega con tres ramas bastante claras: Chaos (daño en área), Eldritch (combate híbrido) y Demon (invocaciones).
Más allá del personaje, el DLC también mete mano en varias cosas que se agradecen mucho en el día a día. Las Terror Zones ahora son algo más dinámicas, el filtro de botín ayuda a no volverte loco viendo texto en pantalla y el alijo está mejor organizado con pestañas específicas. También han añadido una especie de registro de objetos, que no cambia la base del juego, pero sí da ese puntito extra para quien quiera completarlo todo. No hay acto nuevo ni historia adicional, y eso se nota, pero la sensación general es que no han querido reinventar nada, sino dar herramientas para jugar a lo de siempre de otra manera.
¿Cómo se siente el brujo/warlock a los mandos?

Aquí es donde está la clave de todo. El warlock no solo es una clase nueva, es que se siente distinta dentro de un juego que ya conocemos de memoria. Lo primero que notas es el ritmo. Es mucho más rápido, más directo. No tiene ese arranque lento de otras clases de Diablo II. Desde bastante pronto ya estás haciendo daño de verdad y eso cambia completamente la experiencia. No tienes que esperar a que “arranque” la build, ya estás dentro desde el minuto uno.
Luego está el tema de las invocaciones, que es donde muchos pensarán en el nigromante. Pero no, no funciona igual. Aquí no estás mirando cómo pelean tus bichos mientras tú vas detrás. Estás todo el rato haciendo cosas: colocando habilidades, controlando enemigos, apoyando al minion o directamente entrando tú en la pelea. Es bastante más activo.
Las builds de área, sobre todo las de Chaos, tienen una sensación muy concreta: avanzas, lanzas una habilidad y todo explota. Y sigues caminando. Es casi automático, pero en el buen sentido, porque te da esa sensación de ir siempre por delante del juego. Además, el control de masas está bastante fuerte. Hay habilidades que ralentizan, debilitan o directamente dejan vendidos a los enemigos, incluidos jefes. Eso hace que muchas situaciones que en otras clases serían tensas aquí se resuelvan con bastante tranquilidad.
Entonces, ¿Cuál es la pega? El maná. Se nota que consume bastante y durante un buen tramo vas a vivir a base de pociones. Pero tampoco es algo que rompa el ritmo, porque el daño que haces compensa de sobra. En general, la sensación es clara: más ágil, más agresivo y bastante más permisivo que el Diablo II clásico.
La build más rota del warlock en Diablo II: Resurrected

Si hay un punto donde el warlock está dando que hablar es aquí. No es solo que tenga builds buenas, es que algunas están directamente rotísimas. La más evidente es la de Chaos, la de fuego. Es la típica build que pruebas y dices “esto no puede estar así”. Desde niveles bastante bajos ya limpia grupos enteros sin esfuerzo. La dinámica es sencilla: juntas enemigos, lanzas la habilidad principal y desaparecen. Y lo mejor es que no necesitas gran cosa para que funcione. Para levear, ahora mismo, es probablemente lo más cómodo del juego.
Pero donde de verdad se rompe todo es en el endgame con las builds de invocación. Aquí la clave está en capturar demonios del propio juego y convertirlos en tu arma principal. Si das con uno bueno y lo potencias bien, el resultado es absurdo. Golpea a un enemigo y, por cómo funcionan algunas sinergias, ese daño puede repartirse y limpiar todo el grupo.
Y luego está el tema de la supervivencia. Hay setups donde gran parte del daño que recibes se lo lleva el minion. Si ese minion está bien montado, se vuelve casi inmortal. Lo que implica, evidentemente, que tú tampoco mueres. Y claro, eso en Diablo II cambia mucho las reglas del juego. Luego también hay variantes más “técnicas”, combinando debuffs con el minion, bajando defensas a lo bestia y rematando. Pero el resultado es el mismo, enemigos e incluso jefes que duran segundos.
En resumen, el Warlock ahora mismo está en ese punto típico de “lo nuevo viene fuerte”. Es divertidísimo de jugar, tiene mil opciones… pero también está bastante pasado de vueltas a poco que te propongas maximizarlo. Y viendo cómo funciona Blizzard en estos casos, lo raro sería que se quedara así mucho tiempo.
