Opinión

¿Y esto ha sido todo? Pues qué injusto, Fernando

30 años buscando el rebufo de Alonso y Márquez.

Fernando Alonso, en Montmeló
Fernando Alonso, en Montmeló. Cordon Press
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La imagen de Fernando Alonso abandonando en Montmeló tiene algo de despedida amarga, de telón que cae antes de tiempo. Quizá no sea su última carrera en casa, pero todo apunta a que podría haber sido la última vez que el público español lo vio competir en el circuito que tantas veces rugió con su nombre. Y el final no pudo ser más cruel: retirada pasadas 40 vueltas, frustración y silencio donde antes había ovaciones. Resulta imposible no sentir una punzada de nostalgia al recordar al joven asturiano que revolucionó la Fórmula 1 española, al bicampeón que hizo madrugar a un país entero y convirtió las carreras en un fenómeno social. Verlo ahora marcharse entre problemas mecánicos y un Aston Martin incapaz de ofrecerle el coche que merece deja una sensación de deuda pendiente.

Porque Alonso no solo es un piloto excepcional; es una generación entera de aficionados que aprendió a amar este deporte gracias a él. Montmeló fue durante años su escenario, el lugar donde miles de banderas azules y amarillas creaban una atmósfera irrepetible. Allí celebramos victorias, podios y adelantamientos imposibles. Allí creímos que cualquier cosa podía pasar mientras Fernando estuviera al volante. Por eso duele tanto pensar que su adiós pueda resumirse en un abandono y una mirada resignada. Ni él ni quienes le han acompañado durante más de dos décadas merecen un desenlace tan gris.

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Fernando Alonso, en Montmeló

La Fórmula 1 es implacable y el tiempo no perdona, pero hay finales que deberían escribirse de otra manera. Alonso ha seguido compitiendo con una ambición admirable, desafiando la edad y las expectativas, mientras Aston Martin se desinflaba carrera tras carrera. Da la sensación de que el destino le está negando una última gran alegría. Y, sin embargo, aunque el campeonato no le haya devuelto todo lo que le debía, queda algo que nadie podrá arrebatarle: el cariño de una afición que seguirá viéndolo como el piloto que cambió la historia del automovilismo español.

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Si este ha sido el final en Montmeló, entonces sí: qué injusto, Fernando.