Opinión

Los retos que deja Valverde a Iraola, Terzic o Iñigo Pérez y los objetivos exigibles al nuevo Athletic

Redacción local

Los gritos de Ernesto Valverde en Mestalla jugando el Athletic Club ante el Valencia en Copa. EFE
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BilbaoSi en otra colaboración en ElDesmarque hablaba de los retos de Jon Uriarte Uranga ante el recién nacido proceso electoral en Bilbao, ahora me centraré en un análisis más deportivo de la actualidad zurigorri, comenzando por el papel del Athletic Club en la Champions League ante un cuadro de rivales muy complicado, que resultó digno pero dejó regusto amargo. La eliminación llegó en el último partido en San Mamés frente al Sporting de Portugal, con una falta de ambición que se arrastró durante toda la competición.

La penúltima jugada del partido la resumió a la perfección: Unai Simón pidió subir al córner para intentar marcar en el descuento, Ernesto Valverde no se lo permitió bajo argumentos muy peregrinos, y en la siguiente contra encajamos el gol que nos mandó a casa. Esa misma noche, en otro campo, el portero del Benfica recibió el permiso de Mourinho, subió, remató y marcó el gol que les clasificó. Más que anécdota, fue un espejo.

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A esto hay que sumar una participación muy pobre en la Supercopa, con eliminación incluida, y unas declaraciones de Valverde sobre Iñaki Williams —«Para mí jugar en Arabia es una mierd..., hablando mal»— que no hicieron sino restar al grupo moral y credibilidad. Todo ello mermó la ilusión de una afición que puso sus esperanzas en «nuestro» torneo, la Copa del Rey.

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Tras pasar dos eliminatorias con mucha angustia —prórrogas ante rivales de categoría inferior, hasta un milagroso gol de Iñaki Williams en Valencia en el descuento— nos plantamos en semifinales ante la Real Sociedad con un papel muy discreto. Sobre todo en el partido de vuelta, donde necesitábamos ganar para remontar el 0-1 de San Mamés y el equipo apenas generó peligro: alineación conservadora, planteamiento timorato y eliminación merecida.

Todo esto ha venido condicionado por dos factores evidentes: las lesiones y el bajo tono físico sostenido a lo largo de la temporada. El Athletic ha sufrido una impresionante racha de bajas, tanto de larga como de corta duración, que sin duda ha mermado su capacidad competitiva. La gestión de la lesión de Nico Williams ha sido la guinda.

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Las decisiones tomadas al respecto, con varios bandazos entre el tratamiento conservador y otras opciones, han llevado al jugador internacional a la desesperación y a la pérdida de casi toda la temporada.

En cualquier empresa, alguien habría respondido por privar al equipo durante más de siete meses de su mejor activo.

En el Athletic, ya sabemos cómo funciona esto: poca transparencia y peor resolución. Esperemos recuperar al pequeño de los Williams para el tramo final.

No es menos cierto, sin embargo, que la gestión de los recursos disponibles por parte de Valverde ha sido muy discutible. El técnico se cerró en torno a su núcleo habitual con decisiones a veces incomprensibles: Lekue actuando de central en lugar de tirar del filial para cubrir bajas; persistencia en jugadores claramente fuera de forma como Iñaki Williams u Oihan Sancet; resistencia a variaciones tácticas que habrían dado entrada a perfiles más adecuados; y poca confianza en quienes, cuando salían, respondían con rendimiento y actitud, como Robert Navarro o Nico Serrano.

El bajo tono físico de la plantilla durante toda la temporada ha sido llamativo, pero más aún la poca capacidad de reacción ante esa situación

La marcha de Ros Pozanco al terminar la temporada pasada pilló descolocada a la dirección deportiva, que lo sustituyó por Luis Prieto: rojiblanco de pro y excelente persona, pero con escasa experiencia en entornos tan exigentes como el de este curso.

Y por no hablar del silencio administrativo sobre el papel de Iñigo San Millán en el club: anunciado como fichaje estrella, prácticamente desaparecido desde entonces. Nadie da explicaciones. «La mujer del César, además de serlo, debe parecerlo», habrán pensado en Ibaigane.

Nos queda el tramo final de liga con la plantilla reforzada por los lesionados que se van incorporando. Y aquí aparece otro punto de fricción: los objetivos. No es de recibo escuchar en una entidad de 180 millones de presupuesto eso de «nuestro objetivo son los 42 puntos». Alguien en el club debió apretar tuercas antes. El objetivo debe ser Europa, de donde nos separan apenas tres puntos con nueve jornadas por disputar.

Las metas ambiciosas son las que llevan a los grandes triunfos, y es precisamente en ese plano donde se han escuchado mensajes de Valverde que apuntan a agotamiento mental y fin de ciclo: un técnico incapaz de hacer llegar nuevos estímulos a sus jugadores, que necesitan voces distintas para encender claves distintas.

A diferencia de otros clubes donde el entrenador puede permanecer muchos años gracias a la renovación constante de plantilla, en el Athletic eso es imposible. La cuerda se renueva por el otro lado. No hay otra.

Y con esa misión llegamos a mayo: conseguir la clasificación europea y elegir al sucesor de Valverde, leyenda de este club, al que me dejaré las manos aplaudiendo en su despedida en San Mamés.

Para ese relevo suenan nombres con dos opciones muy destacadas para el Athletic Club...

La primera apuesta por la renovación profunda: Edin Terzic, exentrenador del Borussia Dortmund, amante de la cantera, pasional y atraído por clubes con valores y seña de identidad propias, como es el Athletic. Podría encajar como un guante, aunque juega en su contra la nula experiencia en LaLiga y un bagaje profesional aún limitado fuera de su club de origen.

La segunda opción lleva nombre y apellidos de leyenda: Andoni Iraola Sagarna. Curtido en su exitosa etapa en el Bournemouth, muy cotizado en la Premier, donde tendrá varias puertas abiertas si decide salir. En San Mamés sería recibido con los brazos abiertos.

En su contra podría jugar un cierto aroma a continuidad con Valverde, quizá injusto, porque Iraola —aunque bebe de la fuente de Txingurri— ha forjado su propia carrera y su propia personalidad. Su adaptación podría ser rápida y natural.

En un tercer plano queda Iñigo Pérez Soto. Promesa del Athletic que no pudo rendir como se esperaba en el primer equipo, la vida le ha llevado a brillar en el banquillo del Rayo Vallecano con personalidad y fútbol a raudales. Quizá sea pronto para este salto; igual necesita una estación intermedia donde consolidar experiencia antes de intentar el asalto definitivo al banquillo de San Mamés.

.- Por Borja Conde, Socio del Athletic Club y contertulio de Telebilbao