Seres de luz

El escritor Iñigo García Ureta nos habla del entorno Athletic, dividido fielmente entre optimistas y cenizos
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Por impredecible, el fútbol es también incomprensible: si no te gusta, y pretendes seguir su día a día, jamás entenderás la montaña rusa que supone pasar de la más dolorosa apatía a la esperanza en apenas horas. Y no podrás entenderlo porque no lo entiende ni dios: lo único que se puede hacer es aceptar que cada athleticzale siente el menor garabato en el sismógrafo del Athletic Club como un terremoto de magnitud 7. La volatilidad es así, y así la vivimos.
A veces intento explicárselo a la gente recurriendo al símil de la Bolsa: a quien se acerca religiosamente día tras día a las páginas salmón y lee titulares como «Lunes negro» o «Crónica de un cataclismo anunciado» no le cabe en la cabeza cómo, al acabar el año, todas esas cotizaciones que al parecer hacían aguas y se iban a tomar por saco han acabado por dar beneficios.
Pero tampoco puede culpar a los periodistas bursátiles, porque nadie se ha inventado nada. Ellos son meros analistas que hacen su trabajo, siguiéndolo tan de cerca que parece que esa leve arruga era una falla en la placa tectónica.

Sirva esta introducción para abordar el tema que nos ocupa estas semanas: cómo unos y otros vemos las cosas de manera distinta y reaccionamos también de forma distinta. Dado que por fortuna ninguno somos seres de luz, nuestra tendencia habitual es intentar paliar el desconcierto repartiendo culpas. Así, hay quien acusa a cierta prensa de boicotear el espíritu de la afición, olvidando que ningún plumilla se merece tanto.
Y olvidando también cómo fue ésta, la afición, la única que de veras cumplió en la semifinal de Copa, por mucho que se la bombardeara con todo tipo de titulares
Ese mismo personaje, que llamaremos el «optimista», suele reprender a los de la cuadrilla por empeñarse en comparar las -perdón, pero lo voy a decir- putapénicas estadísticas de este año con las del anterior, cuando él mismo era el más proclive a llenarse la boca con prometedoras estadísticas el pasado agosto. O celebra los tres puntos en Oviedo como un punto de inflexión, olvidando que la primera parte fue una absoluta vergüenza, se mire como se mire.

Luego está el otro, al que llamaremos el «cenizo». Este siempre teme lo peor. Jamás parece satisfecho. Es de los que afirma cuando se gana la Copa que qué mal tiramos los penaltis. Repartiendo culpas, el cenizo suele cebarse con el míster. A veces le pone motes. A veces reza para que le den la patada.
Quien tenga una pizca de sinceridad admitirá la verdad verdadera: que todos tenemos algo de optimista y algo de cenizo. En un día malo, paso de optimista a cenizo en menos de un minuto, así que no pienso culpar a nadie, sobre todo porque sé por qué cada uno de ellos -incluido yo mismo- se comporta así: es nuestra estrategia para lidiar, del mejor modo posible, con esa impredecible volatilidad que experimenta todo athleticzale. Cada cual hace lo que puede para sobrevivir al terremoto: desde confiar en que la voluntad obrará milagros que no parecen estar ahí, hasta pensar que si todo se hunde al menos lo vimos venir.

Lo importante, y esto no conviene olvidarlo nunca, es que ninguno de nosotros, seamos más o menos optimistas o cenizos, somos mejores que el otro. Estamos en el mismo barco, eso es todo, y cada cual lidia con este impredecible e incomprensible deporte como mejor sabe. Aunque a veces nos tomemos demasiado en serio.
Ya lo he dicho: por suerte, no somos seres de luz, sino gente falible, con frecuencia obcecada y muchas veces nerviosa, que no puede evitar lanzar opiniones contundentes a diestro y siniestro. Eso sí, siempre en la mejor compañía.
Aúpa Athletic!
.- Por Iñigo García Ureta, Editor