Pellegrini escribe derecho en renglones torcidos

El chileno se ha convertido en lo más parecido a Dios para los béticos y a veces también les hace cuestionarse su fe
Manuel Pellegrini no quiere euforia con la Champions: "No debemos confundir ilusión de realidad"
Hace tres semanas nos preguntábamos por aquí qué le pasaba al Real Betis. No perdía apenas, pero tampoco ganaba mucho y las sensaciones eran, cuando menos, agridulces. Hace dos, naufragaba tristemente en la Copa frente al Atlético de Madrid, tirando por la borda una oportunidad histórica ante casi setenta mil béticos. Hoy, se ha consolidado en la quinta plaza liguera y aprieta a Atlético y Villarreal por las que dan acceso a Champions, con tres victorias seguidas, mientras espera con ilusión el regreso de la Europa League. Como decía Santa Teresa de Ávila que hacía Dios, Manuel Pellegrini escribe derecho en renglones torcidos.
El chileno se ha convertido en lo más parecido a Dios para el beticismo. Cualquier creyente habrá dudado bastantes veces de Dios. No sería humano no hacerlo cuando te condena a vivir situaciones dolorosas que desafían la creencia como Bakambu te desafía tu paciencia. Dudar del de arriba resulta inevitable si te aboca a asomarte al precipicio de las necesidades materiales más esenciales, si te condena a noches eternas peleándote con los ruidos del silencio, si te muerde el corazón llevándose un pedazo de tu vida. En determinados momentos, sólo la fuerza arrebatadora de la fe te puede mantener de pie.
¿Qué bético no ha dudado alguna vez de Pellegrini?
Y cualquier bético habrá dudado más de una vez de Pellegrini. Es más: si no lo ha hecho, probablemente no sea tan bético. Cómo no hacerlo al ver la tragicomedia de planteamiento para el simulacro de partido ante los de Simeone. Con el beticismo engorilado y encandilado por la ilusión de ver la plata en plano corto, el Dios verdiblanco le manda a su feligresía un trueno en forma de alineación endemoniada y de presión tan alta como desarbolada para atravesarle las entrañas.
Cómo no tomar, aunque sea en voz baja, el nombre de don Manuel en vano si se empeña en blandir la espada de la gestión de vestuario para perseverar en el dislate del Chimmy Ávila o Ricardo Rodríguez. Qué bético no se ha mareado en alguna ocasión con la inflexibilidad de las rotaciones masivas o el peaje exacerbado a los canteranos. Quién no ha maldecido la deidad del chileno en partidos en los que el Betis ha tenido la misma actitud en el campo que el Alevín del Sagrados Corazones. Que levante la mano el que no haya profanado su respeto al altísimo del banquillo verde contando con las dos manos goles en contra a balón parado.
Y ahí radica precisamente la fortaleza de su virtud: a Pellegrini se la pela lo que diga la afición, la prensa, la directiva, los jugadores o el sereno. Él está ahí arriba, por encima del bien y del mal, hierático, con el mismo pulso que una horchata, seguro de que sus designios guiarán al Betis y a los suyos por el buen camino, como lleva haciéndolo la friolera de seis años ya. Como Dios, su sabiduría va muy por delante. Seguirá exponiendo al bético al cuestionamiento de su fe, pero siempre en aras de una bendición deportiva inestimable.
La virtud de la autocrítica...pero de verdad

Encima, tras su grosero error en la Copa del Rey, ha empezado a desarrollar la autocrítica, una virtud no precisamente de las que más suele cultivar. Autocrítica de verdad, no de boquilla en sala de prensa. Ha cambiado el sistema de juego, se ha dejado de estupideces de si el planteamiento tal o cual es de equipo pequeño y le ha puesto las pilas al personal.
Todo eso justo cuando llega febrero, el mes por antonomasia de su Betis. El mes de los enamorados y del Carnaval. Y como dice El Bizcocho, bético y Dios chirigotero de la Sevilla de las carnestolendas, “ay ay ay ay ay que cuando llega febrero…”.