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Gobierno de transición

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El palco del Sánchez-Pizjuán, en el Sevilla-Celta. Kiko Hurtado
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Ahora que está de moda después de la actuación de Donald Trump y los Estados Unidos sobre Venezuela, este concepto viene al caso para tratar la situación del Sevilla FC. Cada minuto en el que el establishment sevillista siga igual, se sigue cavando la fosa en la que enterrar a un club que fue modélico por lo positivo durante décadas y que ahora es un perfecto ejemplo de lo que no se debe hacer.

Este 2026 se cumplen dos décadas desde que el Sevilla FC se encaramó a la escalera de los grandes de Europa con vocación de continuidad. También casi 30 años del descenso en Oviedo que consumó el desastre en el que habían convertido a la entidad años antes, con descenso adminitrativo salvado sobre la bocina incluido. Toca, ahora, elegir entre el Sevilla de 2006 y el de 1996. No cabe duda de cuál debería ser el modelo, ni tampoco de que el actual está condenado a repetir la historia más negra de la institución.

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Mientras el equipo se desangra, el Sevilla se muere poco a poco, y la afición se harta de estar harta, el club se encuentra en una subasta que tiene con las orejitas tiesas a la clase dirigente. La gran preocupación entre los que deben dirigir la nave es llenar sus bodegas de oro, intentando vender a precio de Lamborghini un utilitario que suena a escacharrado, no que el barco llegue a buen puerto y por las rutas más seguras. El sevillismo lleva años protestando, tanto tiempo, tan seguido y con tan poco resultado como para que las críticas entren por un oído y salgan por el otro en los asientos más nobles del palco del Sánchez-Pizjuán. Pero ya no puede más, sobrepasando incluso algunos límites. Por muy apegado que se esté a un cargo en el que se percibe una gran remuneración, escuchar a decenas de miles de personas deseando la muerte a otra no compensa.

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Un grupo de sevillistas al mando

Es totalmente legítimo que el propietario de algo, en este caso el Sevilla FC, busque la mayor rentabilidad, venderlo al mejor precio y, si se puede, seguir rascando algo más. Se trata de un proceso abierto, bastante oscuro por cierto, que corre en paralelo a la deriva deportiva de una entidad que se nutre de eso. Si el equipo se va a Segunda, como ya se barrunta por Nervión, ese activo va a pasar de ser la gallina de los huevos de oro a no valer nada.

Pero no es ético ni moral tratar a un club de fútbol centenario, emblema de una ciudad tan particular como esta, como una empresa en la que no se deposita ningún tipo de emoción. El Sevilla se fundó en 1899 y es Sociedad Anónima Deportiva desde junio de 1992. Es decir, 97 años siendo un club de fútbol y 34 siendo la propiedad de alguien. Se enfrenta ahora a un reto que pone en solfa su supervivencia, de lo deportivo a lo financiero, con un consejo de administración absolutamente desgastado al mando y sin más legitimidad que un pacto que se transformó en condena.

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Sigan con el proceso de venta, nadie puede quitarles ese derecho, pero pongan el club en manos de sevillistas para pilotar una transición que no dé con los huesos del Sevilla en la ruina deportiva y económica. Un gobierno de interregno que evite los casos que se han dado por toda la geografía española de entidades históricas que se pudrieron por la codicia, que gestione desde dentro y sin la distracción de fondos inversores, due diligences y ofertas sabrosas que se quedan en mucho menos al desarmar el motor del vehículo.

Toquen a la puerta en San Fernando o en San Bernardo y denle, de nuevo, todas las botellas del club para sacarlo de este atolladero

Abandonen el palco y céntrense en los despachos para darle una jugosa salida a sus acciones. Toquen a la puerta en San Fernando o en San Bernardo y denle, de nuevo, todas las botellas del club para sacarlo de este atolladero. Él sabrá rodearse de lo mejor de cada sensibilidad sevillista para el ya imprescindible gobierno de transición que necesita este club mientras se despeja si en el futuro se hablará con acento sevillano, camero o yanki.