Un semidesconocido asumía el enorme reto de convertir un grupo de futbolistas tóxico, caro y malencarado, en una plantilla competitiva y sostenible
José Ignacio Navarro culmina con bombazo final una revolución al nivel de la de 2019
Por delante de este artículo de opinión vaya que solo la pelota juzgará todo el trabajo que el Sevilla FC ha realizado en este mercado de verano. En la primera semana de junio, Luis García Plaza y José Ignacio Navarro parecían condenados a conformar el Sevilla del descenso de la primavera de 2027. La venta no se consumaba, la realidad económica ahogaba el futuro y ese corsé llamado Límite de Coste de Plantilla Deportiva daba miedo con solo mirarlo.
Este martes se cumplían tres meses exactos desde que Sergio Ramos ofreciera la rueda de prensa en Torre Sevilla que desnudaba a la entidad entre verdades a medias y completas. Al Sevilla no le quedaba otra que echarse en las manos de los valientes que querían continuar en Nervión. Antonio Cordón se había marchado un par de semanas antes y su segundo, un semidesconocido, asumía el enorme reto de convertir un grupo de futbolistas tóxico, caro y, en ocasiones, malencarado, en una plantilla competitiva y sostenible, tanto económica como deportivamente. La pelota hablará, decíamos, pero sí se puede afirmar que la propuesta realizada es coherente con la realidad de un club al que le toca dejar de rememorar las mieles del pasado y centrarse en las hieles del presente.

Contadas y recontadas están las numerosas operaciones que ha realizado José Ignacio Navarro, con bombazo incluido a final de mercado con la llegada de un Youssouf Fofana. La operación del subcampeón del mundo deja claro, por si quedaba alguna duda, que el sevillano no se ha quedado en las oficinas de la Carretera de Utrera para pasearse con trajes claros, contar chascarrillos sin gracia u olfatear las flores del campo. La vida es bella, claro que sí, pero más aún con la satisfacción del trabajo bien hecho. Además, al sevillista le queda el regusto de que en esa operación su equipo se adelantó al eterno rival, sea cierto o no.
José Ignacio no se ha quedado en la Carretera de Utrera para pasearse con trajes claros, contar chascarrillos sin gracia u olfatear las flores del campo. La vida es bella, claro que sí, pero más aún con la satisfacción del trabajo bien hecho
Un equipo más competitivo
Durante todo el verano el histerismo desatado de las redes sociales indicaba una y otra vez que el equipo era peor que el de la temporada pasada. Hasta el último día de mercado es cierto que era más corto, tremendamente corto, pero permítanme dudar de que se pueda ser peor que los últimos Sevilla. Es más, el tiempo dará o quitará razones, pues un equipo peor que los de los dos últimos años solo tiene un final: la Segunda división.
Es curiosa la mentalidad del aficionado que solo ve defectos a los que llegan y virtudes a los que se van. De los traspasados, todos excepto Oso han recibido sus buenas dosis de críticas en Nervión. Fundadas, sin duda. De los que han salido mediante desvinculaciones, traspasos a coste cero y cesiones, pagando el Sevilla parte de sus fichas, qué vamos a contar. Un solo euro ahorrado en lastres como los Nianzou, Rafa Mir, Gattoni, Joan Jordán y compañía es un éxito que quizás se debe contar en las escuelas de directores deportivos. El precio a pagar por malas decisiones pasadas y la falta de implicación de los protagonistas, pero un dinero bien invertido aunque pueda parecer contradictorio.
A 2 de septiembre, la planificación cuenta con un suficiente, e irá subiendo o bajando de nota según lo que transcurra sobre el césped. Esto es fútbol. Le toca a Luis García Plaza, que jugó inteligente su papel el fin de semana pasado protestando por la falta de efectivos, y mejor aún ha recogido el guante Navarro poniéndose en sus zapatos y en el de todos los entrenadores en su balance del mercado. Tiene el madrileño por delante la oportunidad que deseaba en un club tan grande como el Sevilla, debe hacer que el engranaje funcione y conseguir que esta media sonrisa que el sevillista tenía olvidada, vaya creciendo poco a poco y, quién sabe, se le vuelva a reconocer por la calle. Como decía Caparrós: "¡Este es sevillista!".


