Lamine Yamal vivió un encontronazo con la grada de Nervión emulando a otros grandes futbolistas de la historia
El gesto de Lamine Yamal al Sánchez-Pizjuán que despertó la ira de Kochorashvili
Hay aspectos en el ADN de una hinchada que las hace tremendamente reconocibles. Al sevillista le gusta ser desagradable. No malencarado, ni maleducado, ni estúpido, sino que le ‘mola’ que su Sevilla FC no sea recibido con la alfombra en ningún campo y, desde luego, huye de la idolatría hacia la estrella de turno del equipo rival. Aunque sabe cuándo hay que dedicarle un reconocimiento a un buen futbolista, más por sus valores que por su talento con el balón, también tiene interiorizado que no hay que pasar de lo meramente cortés en esos casos y, como dijo aquel, lleva a gala que “los de colorado son los nuestros”.
El carácter alegre y simpático del sevillano y el andaluz están ahí, día a día, también la particular forma de vivir el fútbol en la gran ciudad del sur de España, a la gresca siempre con el vecino, pero unidos si es necesario cuando la afrenta engloba a la personalidad de ambos. Todo eso no es impedimento para que todos los que abrazan la fe balompédica de Nervión sean perfectamente conscientes de que ellos también tienen su papel a la hora de ganar partidos. No en vano, los grandes éxitos recientes del Sevilla han ido de la mano de un Sánchez-Pizjuán inexpugnable o de un apoyo brutal allá por el campo europeo en el que su equipo se jugase la gloria. No buscan la aprobación de los demás. Es más, se la trae absolutamente al pairo.
Todo esto viene a colación del encontronazo de la grada de Nervión con Lamine Yamal el pasado sábado. Cierto es que el joven talento del FC Barcelona es uno de esos jugadores que salen cada varios lustros, que su carrera en la selección española es meteórica y que, si sigue por esta línea, ocupará las portadas de la prensa mundial durante un par de décadas más. Y aunque al fin y al cabo es un lujo poder ver a estos jugadores cada año ante sus ojos, también son, paradójicamente, justo lo que más detesta Nervión: el futbolista mediático que se convierte en intocable. El niño que se pide el Balón de Oro para él -tiene edad para mejorar unas actitudes que a muchos no cuadran- no puede estar más lejos del canon de respeto del sevillismo.

El principio de una bonita enemistad
Con Lamine se vivió el pasado sábado el principio de una bonita enemistad. Los más grandes jugadores de los últimos tiempos sabían que en la capital de Andalucía había un lugar en el que nada iba a ser cómodo, lo que no hacía sino motivarles para redoblar esfuerzos. Ahí están los números de Messi o Cristiano Ronaldo en Nervión, ante un Sevilla también protagonista de algunas de sus no demasiadas decepciones.
Los más grandes jugadores de los últimos tiempos sabían que en la capital de Andalucía había un lugar en el que nada iba a ser cómodo, lo que no hacía sino motivarles para redoblar esfuerzos
Esto lo han vivido otros como Ronaldinho o, de la forma más cruda posible, el mismísimo Sergio Ramos, que pasó de ser el gran odiado al Mesías en un periodo de tiempo demasiado corto. También a Marcelo le hacía un ocho Jesús Navas cada vez que pasaba por Eduardo Dato y, sin embargo, eso no es óbice para que el brasileño señale el estadio sevillista como el que más le gusta del mundo. Y por alguno ha pasado. Sevilla, que tiene un color especial, también tiene en la hinchada blanquirroja una manera muy peculiar de vivir el fútbol. Una gente a la que le gusta que las estrellas que se veneran por todo el mundo pasen un par de horas al año sintiéndose un futbolista más, sin cariño de una grada que solo quiere ver a su equipo ganar. Convertir su estadio en un sitio que respeten los más grandes no es sino prueba de su propia grandeza.

