Opinión

Una con la mano bien abierta

Redacción local

Gesto de Ernesto Valverde en el derbi ante el Alavés en Mendizorrotza. (Foto: Athletic Club)
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BilbaoEn mi opinión, de todo lo escuchado tras lograr el Athletic Club los 44 puntos, lo más significativo ha sido este comentario de Ernesto Valverde: "Nadie sabe lo que se sufre en estas situaciones, abajo con el equipo y el cuerpo técnico". Sobre todo porque me sirve para responder a mi hijo, que siempre me pregunta por qué no soporto ver el fútbol solo, y en la tele.

Vaya por delante que vivo lejos. Por desgracia apenas he pisado el campo tres veces en toda la temporada: dos en San Mamés, contra el Atlético de Madrid y el PSG, y una en Mendizorroza, el pasado sábado. Creo que han sido, con diferencia, los tres mejores partidos del Athletic Club en lo que va de temporada, algo que a partir de ahora pienso recordar a los de la cuadrilla cuando hablen de quién puede ser (o no ser) gafe.

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Me chiflan los campos como Mendizorroza, donde uno acude a pie, el estadio aún conserva una medida humana y el hormigón impera.

Me encanta que llueva. Me fascinan las colas ante el torno de la entrada, donde todos irradiamos un deje de nerviosismo ante lo que está a punto de suceder. Me cae bien el vecino que debería lavarse la lengua con jabón. Me apasiona discutir si era mano o, al llegar el descanso, adivinar por el aroma si el bocata del tipo de la derecha lleva pimiento.

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Y, por supuesto, contemplar de primera mano “bacalaos” como el de Oihan Sancet en el minuto 74 (e incluso el gol en contra de Antonio Blanco en el minuto 8). Pero sobre todo lo que me gusta es hablar con los amigos.

Preguntarnos cómo es posible que nuestros jugadores se resbalen tanto en el campo, recordar cuántos goles metió Iñaki Williams la liga pasada, al tiempo que comentamos la avería que se ha hecho uno de nosotros tras caerse de la bici o el curso que están llevando nuestros retoños.

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Porque en el campo el fútbol sucede como una celebración en un restaurante, donde el chuletón no deja de ser una excusa para juntarnos y celebrar que estamos vivos. En el campo, y más aún en San Mamés, cada victoria es una muestra en una culata compartida, y cada derrota se asume en compañía. En familia.

Tanto que con los años me he convencido de que los athleticzales nos pasamos por el arco de Lezama la teoría de los seis grados de separación: en Bilbao todo es de tú a tú, inmediato... familiar en cualquier sentido de la palabra, que abarca desde lo desagradable y cotidiano a lo más sagrado, a lo que nos define mejor que nada.

Ese es el vínculo que defendemos, esa es nuestra filosofía: que entre el club y la afición exista un contacto directo a nivel humano; que siempre haya alguien, con nombre y apellido, que sepa quién eres, de dónde vienes, que responda por ti.

Pondré un ejemplo querido: los de la cuadrilla compartimos con Iker Muniain la suerte de haber tenido de profesor a Koldo Asua, un docente que nos marcó y nos enseñó un modo de leer y explicar el mundo. Cuando Koldo murió, en 2021, Iker confesó que no había conocido «a nadie que trasmitiese el espíritu del Athletic como él».

Se suceden las temporadas, así como se olvidan las clasificaciones, y los esporádicos títulos pasan a convertirse en números («25» copas, «8» ligas…), pero el ejemplo trasmitido de quienes recordamos y los minutos vividos codo con codo permanecen.

En dos o tres años, ni la alegría de los goles de Nico Williams del pasado sábado ni la vergüenza de no haber querido plantar cara a la Real Sociedad en las semifinales de Copa tendrán la menor trascendencia, igual que tampoco la tendrá en qué puesto acabamos en esta liga.

Al menos no como cada instante vivido entre amigos, sobre todo cuando advertimos que ya hace medio siglo desde que nos conocemos. Por eso, más allá del nerviosismo que exacerba no tener nadie cerca con quien comentar las jugadas, no soporto ver el fútbol solo y en la tele.

Se me antoja algo distante, no tanto como ver un concierto por Youtube sino como perderme una jamada de cumpleaños donde cocinará Natxo y vendrán las chicas y todos se pondrán al día sin mí. Entonces, como en aquella canción de Hertzainak, me supera la morriña cada dos minutos.

He hablado en público las suficientes veces como para intuir que Valverde no pretendía decir lo que dijo. Que Ernesto es consciente de que los athleticzales bien sabemos lo que se sufre —tal vez no en su situación, pero sí en otras tan o más peliagudas que aquellas a las que se enfrenta el equipo.

Que, a su manera, las decenas de miles de personas que abarrotan San Mamés han pasado por cosas tan o más drásticas que las que les suceden al equipo y al cuerpo técnico. Empezando porque, como él, todos nos hemos comido abundantes marrones por trabajo, con frecuencia sin merecerlo.

En la tele, el fútbol es cosa de comentaristas y anuncios de cerveza y criptomonedas, pero en San Mamés se ve un Bilbao complejo y mucho más sufrido de lo que se imaginan los futbolistas que corren tras el balón. Como esa señora tan guapa, cuyo hermano murió asesinado a tiros.

O ese tipo sonriente, cuya mujer se quedó en el paritorio. Como este, que ahora agita la bufanda y hace no mucho enterró a su hermano menor, víctima de un cáncer. O ese otro, al que extirparon 60 cms. de intestino.

O aquella chica, feliz de olvidar durante un instante que tiene que soportar a babosos borrachos en un curro que necesita, y para lo que debe morderse la lengua día sí y día también. O esa mujer, que no pudo despedirse de su madre porque ella misma estaba ingresada en Basurto. Los ves vitoreando al equipo y se te olvida que la vida les ha pulido los bordes a conciencia, como a todos.

Y así, gracias al Athletic Club, durante dos horas, nos olvidamos de esos y otros sufrimientos.

Por eso nos une el escudo: porque se convierte en un símbolo de cómo afrontar la vida cuando te suelta una con la mano bien abierta.

Acabo con esto: no hay mayor mentira que la de pensar por un segundo que el sacrificio de un deportista es equiparable al de una madre soltera. Porque el deportista descansa, y ella no. Porque lo que consigue el deportista se acaba convirtiendo en una cifra, coreada tal vez desde la Argentina o Qatar, pero en todo caso por gente que jamás ha pisado Bilbao ni sabe llegar andando a San Mamés. Por eso odio ver el fútbol solo, y en la tele. Porque ahí las vacaciones en Ibiza y los millones de ficha quieren eclipsar lo inmediato y robarnos la identidad.

Le conocemos y sabemos que no hay nada que corregir en sus palabras del sábado. Es más, siempre querremos a Ernesto Valverde por tener muy presente que los más de cincuenta mil fans que pueblan San Mamés saben muy bien qué es sufrir a conciencia… como cualquier hijo de vecino.

Y por eso en el campo se oye a algún padre advertir a sus hijos que sí, que son grandes, muy grandes, pero no más que nadie.

.- Por Iñigo García Ureta, Editor y creador de contenidos