Myst: El libro que susurraba desde la estantería

Una isla silenciosa donde cada engranaje parece esconder una confesión en el regreso de la aventura que enseñó a los videojuegos el valor del misterio
Riven: Las páginas rotas de un dios que quiso escribir el mundo
Abrimos el libro y el sonido del papel parece antiguo, casi prohibido. No sabemos quién escribió estas páginas ni por qué el volumen ha terminado entre nuestras manos, pero basta una mirada para comprender que no estamos leyendo una historia cualquiera: estamos entrando en ella. Así comienza Myst, como empiezan los relatos que se recuerdan durante décadas. Un descenso lento hacia lo desconocido. Un viaje donde el silencio pesa más que las palabras y donde cada mecanismo oxidado parece guardar un secreto enterrado hace siglos.
Hay videojuegos que pertenecen a una época y videojuegos que terminan definiéndola. Myst pertenece a esta segunda categoría. Cuando Cyan Worlds lo lanzó en 1993, la industria apenas empezaba a comprender que los videojuegos podían construir mundos contemplativos, misteriosos y profundamente atmosféricos. Frente a la velocidad arcade y la acción inmediata de aquellos años, Myst proponía algo radicalmente distinto: observar, escuchar, pensar. Convertía al jugador en un explorador silencioso atrapado entre páginas imposibles y civilizaciones perdidas. No exageramos al decir que cambió para siempre la percepción de lo que podía ser una aventura gráfica. Y esa manera de hacer ha inspirado a muchos otros estudios, como a los madrileños Out of the Blue con sus geniales aventuras de puzles Call of the Sea y la reciente secuela Call of the Elder Gods.
Y todavía hoy, décadas después, esa magia continúa funcionando.

La llegada de esta nueva versión para PlayStation 5, Xbox Series y PS VR2 devuelve la obra de Cyan al lugar donde siempre ha pertenecido: el de las experiencias atemporales. Entrar en La Isla de Myst sigue provocando una sensación difícil de explicar. El faro se alza entre la niebla. Los engranajes giran lentamente bajo el sonido del viento. El océano golpea las rocas con una calma inquietante. No hay tutoriales invasivos ni personajes explicándolo todo (de hecho no hay nada de eso y esta es parte de su encanto y su extrema dificultad). Solo nosotros y un mundo que parece observarnos mientras intentamos descifrarlo.
Eso es precisamente lo que hace especial a Myst. Su narrativa se descubre. Atrus, Catherine, Sirrus y Achenar no son simples nombres desperdigados en diarios y libros enlazadores. Son fragmentos de una mitología mayor: la de los D’ni, los escritores de mundos, arquitectos de edades enteras construidas con tinta y conocimiento. Cyan convirtió su universo en algo más grande que un videojuego. Novelas, teorías y décadas de fascinación colectiva terminaron construyendo uno de los lore más importantes de la historia del medio.
Cada una de sus “Eras” funciona como un pequeño relato autónomo. la Era de los Árboles transmite una serenidad extraña entre madera y agua; la Era Mecánica parece diseñada por una mente obsesionada con el control; la Era de Piedra desprende melancolía bajo la lluvia eterna; la Era Selénica convierte el sonido en un lenguaje. Resolver sus puzles continúa siendo tan satisfactorio como desafiante porque el juego jamás subestima nuestra inteligencia. Aquí no existen marcadores ni pistas constantes. Hay que tomar notas, interpretar símbolos y comprender cómo funciona el entorno. Aquí no hay diarios donde se apuntan las pistas de manera automática. Y lo mejor es que el juego nos permite elegir los puzles exactos originales de hace 20 años o, si ya nos los sabemos casi de memoria, le podemos dar un toque aleatorio.

Esa filosofía de 'cero ayudas' y 'cero tutoriales' puede resultar áspera para algunos jugadores modernos. Myst exige paciencia. Nos obliga a detenernos y observar detalles aparentemente insignificantes. Pero precisamente ahí reside su poder. Mientras otros títulos contemporáneos intentan mantenernos constantemente estimulados, Myst apuesta por la contemplación. Nos hace sentir pequeños dentro de un lugar enorme, antiguo y repleto de misterios.
Mejoras de la nueva edición
Esta nueva edición conserva intacta esa esencia, aunque moderniza muchos aspectos fundamentales. El salto visual es notable. La isla y las distintas edades poseen ahora un nivel de detalle impresionante, con iluminación dinámica, resolución 4K y soporte HDR que acentúan todavía más la atmósfera onírica del conjunto. Las opciones de ray tracing añaden profundidad a los escenarios, especialmente en interiores y superficies metálicas, mientras que el rendimiento en consolas actuales resulta sólido incluso en los modos gráficos más exigentes. Y no hemos podido probar la versión para PSVR2, pero seguro que cambia completamente la percepción del juego.
También se agradecen las mejoras de accesibilidad y comodidad. Las nuevas opciones permiten ajustar el movimiento, saltar ciertas transiciones o activar ayudas visuales y subtítulos contextuales para facilitar la experiencia sin destruir su diseño original.
No todo es perfecto. Algunas limitaciones técnicas aparecen en algunos momentos Además, el ritmo extremadamente pausado y la ausencia de indicaciones continúan siendo barreras importantes para quienes busquen experiencias más inmediatas. Myst sigue siendo un juego dispuesto a desafiar nuestra paciencia.

Pero quizá eso sea precisamente lo que lo hace eterno.
Porque cerrar Myst se parece mucho a terminar uno de esos libros prohibidos de la biblioteca D’ni: sentimos que hemos descubierto algo que existía mucho antes de nosotros y que seguirá ahí mucho después. Una isla suspendida fuera del tiempo. Un engranaje que continúa girando en silencio.

