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Opinión

El noble y difícil arte de pedir perdón, Julián Álvarez

Periodista digital.

Julián Álvarez entrena con el Atlético de Madrid
Julián Álvarez vuelve a los entrenamientos con el Atlético de Madrid tras el Mundial y sus vacaciones. Europa Press
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MadridLo primero que uno debe saber antes de pedir perdón es por qué lo hace. Le decía Homer Simpson a su hija en aquel capítulo en el que la niña se hacía vegetariana y le arruinaba una barbacoa al padre, que le pedía perdón porque él siempre la pifiaba, pero que no sabía por qué. Lo primero que tiene que hacer Julián Álvarez, suponiendo que esté pensando en disculparse, es saber por qué. Ni su deseo de irse al Barça, ni sus ganas de ganar títulos, ni el hecho, si así fuera, de que dos años después de haber firmado con el Atleti se ha dado cuenta de que fue un error. No. Ninguno de esos argumentos son motivo para pedir perdón. Son cosas que pasan. Son la vida misma.

El error de Julián no tiene nada que ver con todo eso y a estar alturas sospecho con pasmo que todavía no se ha dado cuenta o nadie se lo está haciendo ver. El error es confundir, y no es el primer futbolista que lo hace, negocio con hinchada. En los despachos, de traje. Pero cuando te pones la camiseta y 60.000 gargantas gritan tu nombre, que es básicamente el único motivo por el que tu salario supera por miles el de cualquier mortal, te debes a esa gente. Y sí, les debes, como mínimo, honestidad. Y sí, les debes explicaciones si has decidido que ya no quieres estar en ese equipo, pero sigues cobrando y sigues poniéndote esa camiseta en cada partido y sigues fallando, cosas que pasan, la vida misma, penaltis en la tanda de una Final de Copa. Y les debes explicaciones, sobre todo, porque cada vez que saltas al campo con la cabeza puesta en otro escudo, continúas alimentando esa ilusión de que cada pelota que tocas es trascendental para sus vidas, que hay una conexión especial entre vosotros que va más allá de tu ego y su yo.

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Porque, insisto, los millones de euros que ganas sólo se justifican por la ilusión de unos cuantos cientos de miles que cada lunes en la oficina o en el patio del recreo o en la charla del autobús hablan de ti. Por ese tirón tan fuerte de gravedad emocional que te hace orbitar alrededor de la cabeza y el corazón de todos ellos a cada minuto de sus vidas. Sin sus desvelos o sus esperanzas, sin sus arrebatos o sus tristezas la vida que llevas no sería posible. Perder la conexión con esa realidad, creer que estás por encima de todo eso, tiene un reverso tenebroso, el odio y los insultos de esa misma gente. Un odio y unos insultos en los que opera el mismo sinsentido que en las buenas les hace perder el sueño por ti o dejarse el dinero que no tienen en ir a verte cada domingo o en viajar miles de kilómetros a una final. No hay término medio en una relación basada en la pasión desbordada, en el paroxismo del gol o en la depresión de la derrota. “No me esperes a las doce en el juzgado, no me digas, volvamos a empezar”, que decía Sabina. Enamorarte de otra persona no es el error. El error es no decir nada y seguir viendo la tele cada noche en el sofá.

Lo primero que uno debe saber antes de pedir perdón es por qué lo hace. Y lo segundo, elegir bien el momento. Porque ese pedir perdón de Julián Álvarez, suponiendo que lo esté barajando, cambia mucho si es antes o después de cerrar el mercado de fichajes. Porque las disculpas del infiel cuando ya le han pillado no tienen mucho valor. Y pedir perdón cuando ya sabes que no te queda otra que aguantar en ese vestuario al menos cuatro o cinco meses más, lo mismo. Si Julián está pensando en disculparse que lo haga ya. Incluso si luego se va al Arsenal. Que lo haga cuanto antes y que lo haga con la afición, que tanto le ha dado. Explicando con claridad qué le pasa, cosa que debió hacer hace meses vestido de rojiblanco y no a miles kilómetros de distancia que es como romper con tu pareja por whatsapp. Porque si esto acaba finalmente en que se tiene que quedar un año más, tal vez así pueda abrirse una ventana por la que vuelvan a entrar los aplausos del Metropolitano. Una ventana para que la hinchada atlética, volviendo sobre los mismos versos de Sabina, pueda decir: “Yo no quiero saber por qué lo hiciste, yo no quiero contigo ni sin ti, lo que yo quiero muchacho de ojos tristes, es que mueras por mí.”