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Opinión

El pacto de la vergüenza

Deletree conmigo: P-E-R-I-O-D-I-S-T-A.

José María del Nido Benavente y José Castro, en un acto pasado
José María del Nido Benavente y José Castro, en un acto pasado. Kiko Hurtado
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Casi todos los que vivimos el 11-S recordamos donde estábamos, contemplando cómo ese atroz atentado terrorista cambiaría el mundo. Nos ha pasado con otras fechas, algunas deportivas tan felices como el 11 de julio de 2010 o, en clave más local, el 10 de mayo de 2006. ¿Dónde estaba usted, sevillista, el 29 de noviembre de 2019? Ese día se hacía público el pacto de gobernabilidad que las familias Del Nido, Castro, Guijarro y Alés habían firmado una semana antes. Yo sí me acuerdo; era un viernes normal de otoño y disfrutaba de una magnífica comida en un restaurante argentino junto un grupo de amigos. Ajenos a la pandemia de coronavirus que cambiaría nuestras vidas solo tres meses después y ajenos, claro está, a que aquel día quedaría marcado como punto de inflexión en la historia del Sevilla FC.

El pacto fue anunciado con una carta abierta al sevillismo de José Castro, que hablaba de “estabilidad necesaria”, “ADN sevillista” y una “renovada aventura”. Desde luego, lo fue. Una renovada aventura en la que las familias de los grandes accionistas esquilmaban la grandeza del Sevilla, se la echaban a suertes y repartían sus despojos. En el tercer párrafo de esa misiva, el actual vicepresidente reconocía que detrás de toda esta armadura estaba la remuneración de los administradores. El pacto por la pasta. El gran problema, cómo no, siempre fue, ha sido y será la pasta.

Esa necesaria estabilidad alcanzó al 30 de diciembre de ese mismo año, la última junta general de accionistas tranquila que se recuerda por Nervión, poco más de un mes. Se presentó un ambicioso plan con tres pilares fundamentales y cinco palancas de crecimiento que no fueron sino el epitafio de un modelo de club que moría en ese instante, infestado ya por la serpiente especulativa del capital extranjero, némesis de la forma de entender el fútbol y su equipo que tenía hasta entonces el sevillismo.

La buena inercia anterior dio algunos años reseñables en lo deportivo, pero empezaba el sainete institucional, y el sevillista incluía en su vocabulario demasiados términos judiciales y mercantiles: vista previa, medidas cautelares, derecho de las minorías, cooptación, auto, recurso, querella criminal… A la par, se avergonzaba con continuas riñas familiares verdaderamente lamentables.

Del Nido Benavente, José Castro y Del Nido Carrasco, en el Coliseum de Getafe

El papel de Del Nido Benavente

Si una virtud tiene José María del Nido Benavente es la de manejar e impulsar a las masas. Escudado, y quizás espoleado, por unos clarividentes repartidores de carnets de sevillismo que en cada previa de junta le proclamaban de nuevo como presidente, embarró el terreno de juego en una estrategia de desgaste que le ha salido rana a él, a los que se aferraron a los sillones y, en definitiva y sobre todo, al Sevilla FC. Resulta embarazoso enmendar la plana a quien ha sido, con permiso de Sánchez-Pizjuán, el mejor presidente de la historia de un club que se convirtió en referencia mundial, pero su empecinamiento en el error, buscando el sillón mediante la guerra de guerrillas, es solo comparable a la decisión de su hijo de seguir donde nadie le quiere, y al empeño de los que le secundan de mantenerle en el sillón.

José María del Nido Benavente, en una junta de accionistas

El pacto de gobernabilidad se ha convertido desde este martes más que nunca en el pacto por la pasta. El objeto último de ese acuerdo entre accionistas no era sino acudir en bloque y, por tanto, con más fuerza a un futuro proceso de venta. Adiós a las penalizaciones, los pleitos, las medidas cautelares, el ingente dinero gastado en eternos procesos judiciales, la vergüenza sufrida por el sevillismo más cabal y, sobre todo, el deterioro deportivo, social e institucional de la entidad. Pelillos a la mar.

Adiós a las penalizaciones, los pleitos, las medidas cautelares, el dinero gastado en eternos procesos judiciales, la vergüenza sufrida por el sevillismo y, sobre todo, el deterioro deportivo, social e institucional de la entidad. Pelillos a la mar.

Este pacto no ha sido sino el documento en el que se escribió la lápida de aquel Sevilla admirado en todo el mundo. Un papel para repartirse billetes entre unos cuantos que hoy, con la venta al fin sobrevolando, se ponen de acuerdo de una maldita vez. No por el bien del Sevilla, sino por su bien económico y personal. El pacto de la vergüenza.