Opinión

Aquella botella de whisky

Periodismo es decir lo que no quieren que digas

Juan Diego, en el Benito Villamarín
Juan Diego, en el Benito Villamarín. RBB
  • Descansa en paz, querido Juan; mi primera fuente, mi primer contacto

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Una botella de whisky. Fue esa la inocente manera de intentar compensar lo que por mí hiciste. Yo tenía tan solo 22 añitos. Todavía era casi un becario. Era mi primer sueldo -pequeñito- y yo pretendía devolverlo de alguna manera. Quería regalarte un buen vino, de los caros, de los buenos, aunque tú eras más de cerveza. O de manzanilla fresquita. Y yo, ni corto ni perezoso, compré un Chivas Regal. Sabía que te gustaría. Para beberlo solo. Porque a ti te gustaba disfrutar del día a día con cada sorbo. Exprimir el jugo de una vida que durante mucho tiempo fue maravillosa. Al sol y rodeado de gente buena. Especialmente buena. Como los toreros, como los de verdad. Esa fue mi única forma de agradecerte lo que hoy soy profesionalmente. Porque tú fuiste mi primera fuente. Mi primer 'contacto'. Mi primera garganta profunda. Y sin ti, yo no sería periodista.

Ahora ya se puede contar el secreto. Seguro que no se enfadarán. Juan. Juanito el Lebrero. Con tu traje y, si podías, una corbata verde. Tras esa recepción del hotel. Con una sonrisa. Era tu seña de identidad. "Alvarito, va a venir un tal Munas Dabbur. No sé quién es, pero creo que lo va a fichar el Sevilla". "Alvarito, busca quién es. Vaclik llega mañana". "Corre, vente al hotel y yo te cuelo. Está ahí Caparrós reunido". Y resultó ser Marko Rog. Aún recuerdo el enfado que se cogieron en el club por grabar un vídeo. "Alvarito, pilla un taxi y vente. Vitolo se va a Canarias. Rubén Castro está saliendo con su abogada". "Alvarito, le hemos hecho la reserva a Idrissi y a uno que se llama Karim Rekik". Casi nada.

En mi periódico no se lo podían creer. ¿De dónde lo has sacado? Cómo un niño de 22 años, indócil, por momentos fanfarrón, tan intrépido como irreverente, podía dar esas noticias tan pronto. Sin que alguno otro las oliera. Antes que los buenos de verdad, más rápido que los que llevaban treinta años en esto. Mis jefes no se lo podían creer. Cómo lo podía conseguir. Y así les convencí. Así me gané mi primer contrato. A partir de ahí caminé yo solito, pero que yo cumpliera el sueño de mi primer contrato fue única y exclusivamente por ti. Fue tu regalo. Mi mayor regalo. Unas llamadas sin las cuales yo hoy no sería periodista. Pero nunca pediste nada a cambio.

Y es que ese fue precisamente el reflejo de tu vida. Darlo todo sin esperar nada de vuelta. Hoy el cielo gana un fichaje de categoría. Se va un hombre bueno. Amigo de sus amigos. Cariñoso hasta decir basta. Eso sí, con un repertorio de chistes un tanto mejorable. La bondad genuina, como la tuya, no busca recompensa ni reconocimiento, sino que surge del deseo sincero de hacer el bien. Y tú, con perdón, lo hacías de puta madre. Una buena persona siempre busca lo mejor para los demás, y tú te ganaste el cariño de todos sin pedir nada a cambio. Por tu dedicación, por tu compromiso desinteresado, por arrimar el hombro cada vez que se necesitó. Por y para tu barrio. Por y para tu gente.

Qué orgulloso debes estar ahí arriba. Cuánta gente te quiso, te quiere y te querrá. Cuídalos desde el cielo. Unos amigos que no te olvidan y una familia todavía más maravillosa. Ese es el mayor reconocimiento que uno puede tener. Sentirse respetado, querido y respaldado por tantos. Tu Cristo de la Sed te ha llamado demasiado pronto, amigo mío. Con la de cosas que te quedaban por vivir. Te faltaban muchos goles del Betis por celebrar. También muchas noches en El Rocío. Y en la playa. Muchos ratos en el D'Arte. Muchas tardes de playa, con amigos, con tus niños y sobre todo con ese ejemplo de fuerza llamado María José.

Pero no es momento para lamentarse. No es día para romperse las vestiduras. Mira tú por dónde, anda que no vas a ver bien ni ná los partidos del Betis. En el mejor sitio posible. Desde tu cuarto anillo. Seguro que tu Paco, y tu Jorge, y tu Fede, y tu Nacho tienen un sitio guardado para los abrazos de gol. Hoy volvía a repasar el móvil. "Te quiero mucho, a ti y a tu padre". Ese fue uno de los últimos mensajes que me mandaste. Así eras. Con lo que estabas pasando y tú seguías regalando amor. Dando ejemplo. Por eso eras especial. Por eso eras inigualable. Un beso al cielo. Que Dios te tenga en su gloria. Descansa en paz, Juan.