El Bernabéu lo paga con Vinicius, Bellingham y... ¡el presidente!: “¡Florentino, dimisión!”

Florentino Pérez ante los cánticos en el Bernabéu
Florentino Pérez ante los cánticos en el Bernabéu. Movistar
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La tarde no empezó con fútbol, empezó con ruido. Mucho ruido. Antes de que el balón echara a rodar, el Santiago Bernabéu ya había hablado y lo hizo sin matices: pañuelos blancos, silbidos afilados y un mensaje que cruzó el estadio hasta el palco. La eliminación ante el Albacete en Copa del Rey y la derrota ante el FC Barcelona en la Supercopa de España sigue siendo una herida abierta y la grada decidió convertir su enfado en protagonista. Esta vez, nadie quedó al margen.

Dos estrellas bajo el foco de la grada

Vinicius y Bellingham entraron al partido sabiendo que no iban a tener tregua. El inglés fue castigado desde el primer toque: cada intervención suya activaba una pitada automática, casi mecánica, como si el estadio hubiera marcado el ritmo. Con Vinicius, el escenario fue aún más hostil. El volumen crecía con cada carrera, con cada intento de desborde, convirtiendo al brasileño en el epicentro del malestar.

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El Bernabéu, que otras veces empuja, esta vez señaló. Y lo hizo a dos de sus futbolistas más representativos, a quienes parte de la afición parece responsabilizar del momento deportivo y del rumbo que ha tomado el equipo.

Estadio Santiago Bernabéu
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Del césped al palco: Florentino no se libra de las críticas

Pero la bronca no se detuvo en las botas. Desde la grada emergió un grito tan claro como incómodo: “Florentino, dimisión”. No fue aislado ni tímido. Sonó con fuerza, acompañado por pañuelos que volvieron a aparecer como símbolo de ruptura. La protesta se hizo global, institucional, y alcanzó su punto álgido cuando los jugadores se retiraron al vestuario tras el calentamiento, recibidos por una pitada colectiva.

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El ambiente quedó marcado por la sensación de hartazgo, de distancia entre el club y su gente. El Bernabéu no solo cuestionó el presente, también lanzó una advertencia sobre el futuro.

Cuando el árbitro dio inicio al partido, el mensaje ya estaba enviado. En Chamartín no hubo silencio incómodo: hubo sentencia.