Tres indignos regalos
No se cansa Julen Lopetegui de repetir que en LaLiga Santander cualquier rival es sumamente complicado. A nadie se le gana con el escudo y, desde luego, a nadie se le gana antes del descanso. El Sevilla FC firmó una primera parte casi perfecta en Ipurúa, y una segunda mitad muy deficiente en la que regaló no uno ni dos, sino tres goles al SD Éibar que, como club educado, aprovechó los presentes para anotarse su primera victoria liguera. Sorprendió Lopetegui con su once, especialmente por colocar a Munir El-Haddadi como la referencia en ataque, dejando a Chicharito y a De Jong en el banquillo y a Dabbur, de nuevo, en el sofá de su casa. Resultaba raro, pero le salió a la perfección la idea y el hispanomarroquí fue una tortura para la nerviosa defensa armero, asociándose una y otra vez con Lucas Ocampos y rondando el gol. El otro cambio obligado era el de Escudero, pues Reguilón no se vistió por problemas estomacales. La idea de Munir sorprendió a muchos, entre ellos a José Luis Mendilibar y a todos los jugadores del Éibar, que se vieron desactivados desde el primer momento. El Sevilla era mejor en todo, defendía con solvencia, salía rápido a las contras y penalizaba los errores del rival, tanto los más flagrantes como los de posicionamiento.
En uno de ellos, Iván Ramis –que no iba a jugar- falló en el despeje y Joan Jordán, perfecto conocedor de las dimensiones de este particular terreno de juego, dejó a Ocampos solo para que batiera por bajo a Dmitrovic cuando apenas habían transcurrido diez minutos. Ahí empezaba a confirmarse el recital del argentino, un jugadorazo que si sigue a este nivel… El Éibar estaba completamente desactivado, tanto que a la media hora movió ficha Mendilibar sacando a un desaparecido Inui para darle lugar a Escalante, intentando reforzar un centro del campo que tenía perdido y que acabaría recuperando, aunque ya en la segunda mitad.
El Éibar estaba desactivado en la primera mitad y Mendilibar comenzó a mover ficha a la media hora. En el descanso hizo su segundo cambio y le comió la tostada a Lopetegui.
Pero la primera parte estaba de cara para el Sevilla y en el 32’ Óliver hizo el segundo. Munir –que poco antes había estrellado un balón en el larguero- recuperó en el centro del campo y la abrió hacia Ocampos. El argentino se la puso medida para que ni Dmitrovic ni Olivera llegaran y el extremeño marcara a placer. Aplastaban los de Lopetegui al Éibar bajo la batuta de un Banega que destapaba el tarro de las esencias. Con el descanso cambió el partido por completo. Mendilibar volvió a cambiar –Ramis por De Blasis- y el guion dio un giro inesperado. El Sevilla dejó de controlar el partido y el centro del campo del Éibar comenzaba a imponerse, aunque no sufría en demasiado. El momento clave fue la lesión de Carriço. El luso, que no ha aguantado nunca una gran sucesión de partidos y no iba a hacerlo ahora, se tuvo que marchar lesionado y en su lugar entró Koundé, totalmente despistado. Todas sus primeras acciones fueron errores, hasta que cometió un penalti ridículo sobre Orellana que el chileno concretó. Primer regalo.
Carriço se lesionó, entró Koundé y el galo se equivocó en todo. A partir de ahí el Sevilla entró en barrena y se vio superado por el empuje del Éibar y condenado por sus errores.
Lopetegui intentó aguantar el centro del campo metiendo a Gudelk por Joan Jordán, un cambio recurrente que ha terminado por enfadar al catalán. Se fue el mejor de la medular sevillista y el desastre se consumó. El equipo se fue atrás y Lopetegui no fue capaz de reaccionar, pero los errores individuales fueron imperdonables. Primero, al alimón entre Diego Carlos y Tomas Vaclik, en un error sumamente ridículo, que permitió a Pedro León marcar sin portero. Segundo regalo. Cinco minutos después, con el Sevilla descompuesto pero aún con un punto en el zurrón, llegó el tercer regalo. Vaclik puso una escueta barrera, Cote lo vio y le batió con facilidad en una falta que jamás debió haber llevado peligro. Al menos de esa manera. Tercer regalo. En 90 minutos mostró el Sevilla sus dos caras de la temporada. La primera, de apisonadora. La segunda, un desastre en el que otra vez se quedaron sin ver puerta. Lo peor, la sensación de que ese equipo fiable que deslumbró en el inicio se ha desinflado, sino es que simplemente fue un espejismo.
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