El 'manitas'

Así lo vivimos en directo
No se sabe muy bien si el Sevilla visto este domingo, el que ha perpetrado esta indignante actuación futbolística ante el Atlético de Madrid, es una ilusión, una pesadilla. Y el que se vio ante el Manchester United el miércoles una ilusión, un sueño. No se sabe bien qué Sevilla es el real, el que es capaz de llegar a la final de la Copa del Rey, dar la cara ante el United, o si el real es el que encaja goleadas a granel en la Liga, ante el Betis, ante el Éibar, el Real Madrid, ante el Atlético de Madrid. La certeza es que este Sevilla sigue teniendo dos caras, una harto competitiva, y otra extremadamente irregular, de vergüenza, que lo convierte en un equipo vulgar, débil. Desgraciadamente esta última faz se ve a menudo en la Liga, por eso el objetivo más importante del año a nivel económico, entrar en Liga de Campeones, es un objetivo a estas alturas casi imposible tras este fin de semana. Ante el Atlético de Madrid el Sevilla empezó bien, pero perdió a Navas, y a partir de ahí se derrumbó su plan. Que si por eso se derrumba es que era poco consistente. Como lo fue el equipo. Quizás porque este conjunto se mantiene bien al mismo nivel, pero no sabe encajar los golpes, o no como debiera. Este domingo, de hecho, los recibió y murió. Otra cuestión es que Montella, que ha sabido recuperar al Sevilla, debe de ser consciente de que aún queda mucha temporada, mucho por recorrer y mucho por mejorar, en el equipo y en su propia gestión. La elección de Layún, cuyo partido fue nefasto, puede ampararse en que no tenía más efectivos. Quizás en estos asuntos también haya que mirar más arriba y en las piezas que tiene el entrenador para escoger. Las piezas que le ha servido la dirección deportiva. Luego está la política de sus 'once'. Está muy bien el funcionamiento mecánico, pero si falla una pieza y el invento se derrumba, el funcionamiento no es tan correcto, es horrible. Y debe corregirlo el entrenador. Todo eso se reflejó en la vergonzosa goleada, una más, que sufrió el Sevilla esta temporada. Cinco goles que pudieron ser más, pero que dejaron bien claro que este equipo es inconsistente y que vive cerca del abismo.
Los 16 minutos que duró el Sevilla
Fueron 16 minutos los que duró el Sevilla. El tiempo que duró el 16, o el tiempo que tardó en marcharse esa camiseta con ese dorsal, el 16. Fueron 16 hasta el 16. Jesús Navas, que ya en ese tiempo había puesto un balón de gol a Muriel que, como ante el Manchester, tiró al cuerpo del portero, se echó entonces su mano al gemelo, se sentó en el suelo y pidió el cambio. De cómo el Sevilla desapareció a partir de la lesión del canterano trató el resto de la primera parte. Porque, aunque no fuera a única razón, de hecho no lo fue, sí que empezó a mostrar el camino al Atlético. El cambio de Layún fue doble castigo para el equipo nervionense. Porque se marchó Navas, evidente, pero también porque entró Layún. Con el mexicano, Koke, que esos 16 minutos había vivido agobiado porque siempre aparecía a su espalda un duende, respiró aliviado, ya nunca más tuvo que mirar de reojo y empezó a mirar al frente, a su banda, a atacarla, a sus compañeros, a acompañarlos. El Sevilla había perdido una pelea, un efectivo, el Atlético había ganado la pelea y había sumado un jugador más. La entrada de Layún por Navas cambió el panorama; si parecía que el Sevilla jugaba con superioridad hasta entonces, con el cambio todo dio la vueltaPor ahí empezó el equipo colchonero a recuperarse de ese primer cuarto de hora bueno del Sevilla, en el que pudo y casi debió marcar. Y por ahí empezó a dominar el juego. El conjunto nervionense, que seguía queriendo el balón para sí, con Nzonzi y Banega de referencias, ya empezó a tener menos opciones. Por la derecha casi nunca se la daban a Layún, por la izquierda el ataque se convertía en previsible, sobre todo porque Correa sacó a pasear su versión desesperante. Esa de los toquecitos sinsentido ante el rival menos indicado, esa de la pérdida de balones constantes. Teniendo en cuenta que el argentino no era apoyo para sostener la pelota arriba, y que Muriel tuvo el día tonto, por el error en el gol y otros fallos en controles o decisiones, casi se acababan las posibilidades de percusión del Sevilla, y aumentaban las de robo del Atlético. Con todo, el conjunto de Montella se sostuvo un tiempo a través un buen Lenglet y de un buen rictus defensivo. Pero todo se vino abajo en la primera jugada tonta de la noche, en la que Sergio Rico debió estar pensando en otra cosa y en la que Banega pecó de soberbia. Pelota muy comprometida del meta, un problema en forma redonda, y solución absolutamente errónea del argentino, que debió devolverla y no sacarla ante tales perros de presa. Uno de ellos era Diego Costa, que robó, remató y marcó. Y el castillo del Sevilla se derrumbó. Hasta el descanso nunca más llegó el Sevilla. Más bien alimentó el instinto asesino del Atlético sacando mal la pelota, perdiéndola, despejando mal... y cediendo en definitiva acciones facilonas a los colchoneros. En una de esas acciones laxas llegó el segundo gol, golazo, de Griezmann, que cerró una larga jugada mal defendida al filo del descanso.
Haciendo daño
Y casi sin tiempo para alimentar la ilusión ni la esperanza, tras la vuelta de la caseta llegó el tercero. Esta vez de penalti. Sergio Rico midió mal, salió mal y ejecutó mal. Y se llevó por delante a Diego Costa, que todo lo hizo bien y de forma inteligente. Griezmann telegrafió el penalti, y lo marcó, claro. El 0-3 ya era duro, pero aún quedaba sangre por manar de la herida. Porque cuando los partidos se escapan, el equipo está cansado y el rival tiene armas y es asesino, no suele perdonar. Además, Simeone sacó a Vitolo y a Gameiro, quizás para despertar a la grada. Llegaron el cuarto y el quinto, porque el Atlético jugó el partido más plácido que se le recuerda en Nervión y en la Liga, ante un rival vencido, una defensa sin ayudas y unos jugadores sin retorno, anclados en cada pérdida. El partido se cerró con dos goles de maquillaje del equipo hispalense, de Sarabia y Nolito, pero con otra manita, otra derrota en el Sánchez Pizjuán, que ha dejado ser inexpugnable en este 2018, y otra vergüenza para el Sevilla, que bien hará en sacar en claro lo que es y lo que debe de ser, en Liga, en Champions o cada vez que porte su escudo en un partido. Que lo haga el año que viene en la máxima competición europea se ha puesto extremadamente difícil, por no decir aún imposible.
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