Txingurri Valverde, Sestao y la universidad del sentido común

Valverde ante el "adiós definitivo" al Athletic y su legado: "Espero que me recuerden con una sonrisa"
Gonzalo Arroita Berenguer nos ofrece una mirada diferente a la figura de Ernesto Valverde
BilbaoEn aquel verano de 1985 se estaba cocinando algo bueno en el viejo campo de Las Llanas. Las calles de Euskadi eran un polvorín en esa década de los 80, con terrorismo, reconversiones, paro, heroína y amenazas golpistas. Pero el fútbol vasco daba a la gente un alivio, una ilusión que ayudaba a resistir, a seguir, y en ocasiones, a vivir.
Primero aplaudimos las ligas conquistadas por la Real desde un estadio en San Mamés, que cambiaba el Marcador Simultáneo Dardo de mi niñez por aquellas impresionantes y novedosas pantallas electrónicas, tras la reforma para el Mundial 82; el Mundial del naranjito, con la Inglaterra de Bryan Robson alojada en el viejo hotel Tamarises de la playa de Ereaga. Una selección inglesa que debutó contra Francia en San Mamés en un día de asfixiante calor, preludio de los calentamientos y rarezas meteorológicas que vivimos en estos tiempos.

Luego llegó la liga del Athletic del 83. Y enseguida, el triplete de 1984
Y parecía que en aquella Bizkaia al garete nos dolía menos. Tal vez aquel Athletic reinventado por Javi Clemente estaba anunciando una resurrección de Bilbao y de Bizkaia como tantas veces a lo largo de su historia.
Y allí, en aquella ría, frente por frente con el renqueante Alto Horno, respirando sus últimos humos, aquel verano del 85 se juntaba en Las Llanas un grupo de personas que daría mucho y muy bueno que hablar en el mundo del fútbol.
Jabo Irureta había dejado la práctica activa del fútbol no mucho antes. Le recuerdo en su etapa de transición del césped a los banquillos, jugando en la playa de Plentzia los míticos partidos que organizaba el inolvidable K-Toño, y participando tras el baño, del preceptivo ritual del porrón de cerveza con gaseosa en el chiringuito del sanatorio pequeño.

Con cercanía, naturalidad, sin el más mínimo atisbo de creerse una milésima de la estrella que había sido. Y seguiría siendo. Poco tardó Irureta en dar el salto a los banquillos. Y ya en la 84/85 ascendió al River a la segunda nacional. Tras 54 años de travesía en busca de recuperar la categoría. Se trataba de no perderla, y Jabo fue configurando, con pocos medios y mucho conocimiento, un equipo de verdad.
Con un modelo que parece obvio, “de perogrullo”, pero que se demuestra complicadísimo en la realidad: buenos futbolistas, buena gente y predominio del grupo sobre el individuo. Allá estaban Jon Aspiazu , y el difunto Escalza (exinternacional y modelo de disciplina), y Mendilibar, y Antonio Gorriarán, y Manix Mandiola, y los Murúa y Primi, y tantos otros.
Y Ernesto Valverde, un chaval que jugaba mucho y observaba más, aprendiendo más de todo lo que se movía...
Aquella temporada 85/86 el River se salvó con holgura, y hubo tardes de fútbol total en Las Llanas. No es difícil encontrar un video primerizo de Eitb, del partido contra el Tenerife (con Peio Aguirreoa de portero) y asistir al doblete de Mendi, a las virguerías de Valverde o al despliegue de los centrales Gorriarán y Gonzalo, profesionales que tendrían larga trayectoria en Primera.

Los larguísimos viajes en autobús por la piel de toro terminaron de marcar a fuego un concepto de compañerismo, de equipo y de fútbol, que empezaron a derribar puertas insospechadas. Al año siguiente el River rozó y mereció el ascenso a la primera división, que escapó probablemente por las cosas “del otro fútbol”.
El Txingurri ya había emprendido una sólida carrera por el fútbol de alto nivel hacia el Español de Clemente que alcanzaría la final europea. Y de ahí, subiendo subiendo, hasta llegar al Athletic. Aquel grupo de futbolistas que se formó alrededor de Jabo Irureta tendría un importante recorrido en el mundo del fútbol.
Valverde y Aspiazu, Mendilibar, Mandiola, Edorta Murua y otros a mayor o menor nivel, han hecho destacadas carreras en los banquillos, en la metodología en clubs importantes, incluso en el ámbito editorial, como Antonio Gorriarán.
Y creo que el modelo que se forjó en Las Llanas, del esfuerzo, de la colectividad frente a la individualidad, del compañerismo, de la naturalidad en la gestión de las cosas, del sentido común, marcó un sello, una forma de hacer, que en lo que yo conozco han mantenido en sus carreras.

Un modelo que también se basa en la observación, en la experiencia y en el conocimiento. Y con todos esos créditos, te graduabas en la Universidad del Sentido Común de Las Llanas. Allí se formó Ernesto Valverde como alumno destacado y con ese título bajo el brazo ha alcanzado grandes cimas.
Lo que tienen las cumbres es que hay que bajarlas, y muchas veces el verdadero peligro está en los descensos. Como este año. Y menos mal que podemos hablar de descenso en sentido figurado.
No sabemos si llegado Txingurri al campamento base, casi sin oxígeno, optará por nuevos retos futbolísticos, por la bici, la guitarra, por la fotografía o por la relajada contemplación de la vida. Todas son buenas opciones y no le faltarán posibilidades en ninguna de ellas.

No puedo dar consejos a quien de esto sabe un millón de veces más que yo, y mucho menos, recomendaciones sobre su propia carrera.
Pero sí digo que me encantaría verle entrenando en Inglaterra, un hábitat futbolístico muy del “modelo Las Llanas”. Desde luego me haría del equipo que elija, porque seguro que puede hacerlo.
Por lo demás, que no pierda de vista Lezama, porque las modas pasan y queda el estilo y la solidez. Bigdatas, transfermarkts, redes y metaversos, van y vienen. Y dejan paso a la siguiente novedad con pronta fecha de caducidad. El estilo del conocimiento, la naturalidad y el sentido común siempre será necesario. Y cada vez más.
Ese estilo que se fraguaba aquel verano del 85 frente a los Altos Hornos de Sestao que daban sus última bocanadas. El estilo que hace que recuerden y quieran tanto al Txingurri por donde quiera que ha pasado.