Nadie conoce al Betis, porque...
Hoy no les hablo de fútbol. Hay quien ya reserva vuelos pero no escribiré sobre Europa. Tampoco de los goles de Borja Iglesias, las virtudes de Pellegrini o el paso adelante de Haro y Catalán. No quiero componer odas al fútbol, al manquepierda o al ADN ganador que por fin se dejó entrever por Heliópolis. No regalaré gloria efímera a los que deseaban una guerra civil, a los de las mofas circenses, a las burlas de unos o a la fina piel de algunos otros. Ni mucho menos a los interesados, a los de la bufanda o a los que hace mucho que ya se quitaron la careta. Todo eso, para bien y para mal, quizás resuma la esencia del Betis. O puede que no. Amor y odio a partes iguales. Una bomba de sensaciones. Y es que nadie conoce al Betis... porque probablemente nadie sepa describirlo. Nadie conoce al Betis porque, por inverosímil que resulte, el Betis es el paralelismo más fiel a la vida. Es aquel abuelo. El tuyo, el suyo. El anciano de 88 años que perdió la memoria, la alegría y hasta la familia por una maldita pandemia. Al que le inundó la desesperanza viendo cómo se marchitaba su vida... y solo encontraba evasión y luz bajo los focos del Benito Villamarín. Es el mismo que vio cumplida aquella promesa y que ahora recibe el regalo soñado. Un hombre indestructible, tenaz e irreductible cuya robustez solo se tambalea con el verdiblanco. La figura del que se dio de cruces una y mil veces pero jamás tiró la toalla, por más oscuro que resultara el horizonte. Mil veces alanceado pero no muerto. Y nunca bajó los brazos, jamás dejó de creer en el retorno del gozo que tanto placer le dio un día.
El Betis de los rebeldes
Nadie conoce al Betis porque precisamente este año fue mucho más que fútbol. De la desidia a la gallardía, de la crispación a la esperanza, de la exasperación a la confianza por una nueva normalidad. Este curso brindó el último halo de evasión para aquellos que perdían la vida. O el trabajo. Fue aquel sufrido del alma, la habitual herida. La que duele, la que amarga pero la que muchas veces sana. El suspiro del que sabía que no lo volvería a ver... Y hoy celebran desde el cielo. Aquellos mismos que atisbaban Heliópolis desde la ventana de un hospital. Y ya no volverán agarrado de la mano de su hija, de su mujer, de sus nietos... Tan dulce como amargo. El quiero y no puedo constante. La lucha del que rema hasta caer en la orilla. Y aun así volverían a librar una lucha perdida desde el principio. Nadie conoce al Betis... porque precisamente a su preciado escudo le dieron nombre los romanos. Valerosos y gallardos. Rebeldes, indóciles, insurgentes contra la normalidad. Bendito y maldito. Un fervor convertido en refugio y amparo para necesitados. La espiral de pasiones, desengaños y desencuentros. Es el grito de rabia del niño amordazado que nunca dejó de presumir. Son aquellos besos robados, las miradas cómplices, el abrazo desconocido, las lágrimas inesperadas. Es el beso de la madre antes de partir. La llamada del padre tras el pitido final. Es una familia unida. Inquebrantable.
El reflejo de la vida misma
Y es que nadie conoce al Betis porque lo de hoy no es meramente un éxito. Es un reflejo de la vida misma. La que te enseña que jamás debes rendirte, te impulsa destrozar los pronósticos, a dinamitar el equilibrio con desencantos y júbilo. Es el punto y final a lo que nunca debió pasar. El Betis sin sus aficionados. Nunca más. El punto de partida para los reencuentros. Un aliciente para nuevos abrazos, besos y lágrimas. Es un dulce broche para tanto sufrimiento. La recompensa para los que lucharon y cayeron por el camino. El acicate para los que siempre quisieron más y el cosquilleo de la savia nueva. La ilusión por un nuevo futuro...
