Rebeldía, rabia y gallardía: los nuevos ultras del Betis

Una familia unida. Eso es el Betis actual. Ya no hay bandos divididos, pocos anhelan una revolución y casi nadie recuerda el amargor pasado. Porque ganando la vida se saborea mucho más, se disfruta mejor. El dulzor de la victoria, ese que tanta falta hacía en Heliópolis. Donde la esperanza queda alanceada pero nunca marchita, en el lugar donde los sueños aguardan impacientes para paladear las mieles del éxito. Seamos claros. Manquepierda no es conformismo. Ni golpes en el pecho. Manquepierda es rabia, exigencia y rebeldía. Que si te ganan duela. Si pierdes que sea sudando, sangrando, muriendo de pie. Quién lo diría pero este Betis sí representa a sus aficionados. Lo tumban, se levanta y pelea. Rema a contracorriente y cree en su causa. Es ambicioso. Tiene coraje, compromiso, ambición y entrega. Sabe lo que quiere y lucha por ello. Impregna veneno, actitud y autocrítica. Y no hay forma más bonita de honrar lo que borda tu pecho. Combatiendo, mordiendo, luchando. Un plantel también importan los que pitan al árbitro desde la grada, los que parten botellas con un gol o los que corren como locos a celebrar un triunfo. Sin palabrerías, promesas al aire o intenciones vacías. Demostrándolo. En este Betis de la meritocracia todos suman. Ya lo dijo Pellegrini, "por cada asiento vacío hay una familia detrás". Y este tipo no proclama en vano.
Los hinchas del Betis sí están en las gradas
Por fin hay veneno. El de unos jugadores que muerden, un entrenador comprometido o un banquillo que protesta, presiona y reclama. Aguardando su oportunidad, sumando desde fuera. Por fin hay gallardía. En el corazón de Canales, el juego de Joaquín, la picardía de Miranda o la sangre de Guido Rodríguez. Hasta en el hervor del recogepelotas. También hay sentimiento. En las lágrimas de Borja Iglesias, el desparpajo de Rodri o las dulces palabras de Pellegrini. Y cómo no, compromiso. El de una plantilla que es una piña. Aquí todos suman, todos sueñan, todos pelean por un objetivo común. Cierto es que no están las 55.000 almas, no hay gargantas rotas o el Gol Sur no late. Tampoco están los besos cómplices, los abrazos desconocidos. Ni siquiera convive la alegría, las miradas al cielo o los recuerdos al cuarto anillo. Pero sí hay afición. Está tras el banquillo. Está sobre el campo. Titulares, suplentes, no convocados, canteranos, cuerpo técnico... Todos gritan, celebran, jalean y aprietan. Porque a ellos también les ha agarrado el Betis. Y cuando eso pasa... es imposible escapar.
