El que avisa no es traidor

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Año nuevo, vicio viejo. Partido fuera de casa, Atleti pobre. En Anoeta, ante una Real que estaba en horas bajas, el equipo de Simeone echó el cierre a la primera vuelta quedando a once puntos del líder. Once. Este no es el Atleti que los aficionados quieren ver, esta no es la imagen que el Atleti tiene que dar y esta no es la cara que el entrenador, el máximo responsable, y que los jugadores, deben ofrecer. Esto no es dar la cara, es dar otra parte de la anatomía. Naturalmente que el Atlético de Madrid tuvo dos ocasiones clarísimas para ganar. Eso es tan cierto como que la Real tuvo otras tantas, igual de clarísimas, para que el Atleti se hubiera marchado de vacío.
Tiene razón Simeone cuando denuncia que el fútbol se decide en las áreas y cuando dice que a este equipo le falta contundencia. El problema es que la contundencia no lo puede tapar todo, porque la Real también tuvo falta de contundencia. De haberla tenido, el Atleti habría perdido. No se trata de quemar el Metropolitano, ni de pedir dimisiones, ni de pedir cabezas, se trata de hacer una radiografía, lo más desapasionada posible, del problema futbolístico que está teniendo el equipo. Jugando así, sin intensidad, ni agresividad, ni calidad, ni sin plan, ni estructura, el Atleti está muerto. Y los culpables son todos, el club por una mala planificación, el entrenador, que guste más o menos es el máximo responsable y unos futbolistas que se pasan la vida refugiados en el regazo del Cholo. La ecuación es diabólica: un club escudado en un entrenador que ha sido la economía de la sociedad, un entrenador protegido por una leyenda que se está volviendo contra sí mismo y unos jugadores incapaces de ofrecer lo mejor de sí mismo porque llevan tiempo escondidos bajo la sombra del entrenador.
No, el Atleti no va a desaparecer, ni se va a desintegrar, ni está para bajar a Segunda. No es así. Pero sí tiene problemas. Algunos de ellos, graves. El primero, que fuera de casa no da la talla. No es algo que sea puntual, es una tendencia peligrosa, que raya en la mediocridad. El segundo problema es que no es que tenga malos jugadores, es que el Atleti se ha gastado una cantidad ingente de dinero en dos años y apenas tiene jugadores diferenciales. Y el tercer problema es que la clasificación, que es la prueba del algodón, no engaña. Está a once puntos del líder en la primera vuelta. Bueno, pues lo peor no es eso. Lo peor es el mensaje que se traslada a los aficionados. El de aquí no pasa nada y si pasa, se le saluda. El de un día sí y al otro no. Es lo que no quiere la afición del Atleti. Lleva pasando mucho tiempo y la gente está harta. Y les comprendo perfectamente. No es el qué, es el cómo. El equipo está estancado. O al menos, lo parece.
El Atleti actual sigue viviendo de la identidad del pasado, pero hace tiempo que ha perdido regularidad y rebeldía. En ocasiones puntuales, despierta y se acuerda de lo que es y de lo que podría ser, como el día que destrozó al Madrid. El problema es que el Atleti está empezando a vivir de eso, de momentos puntuales, de elegir partidos, de medir qué día toca correr y qué día no toca. Existe una falta absoluta de carácter y rebeldía. No hace mucho Simeone dijo que el equipo necesitaba dar no el 100%, sino el 120% para competir con el Madrid y el Barcelona. Esa es la teoría y tiene razón. El asunto que alguien le tiene que decir al Cholo es que ni él ni su equipo están sabiendo dar ni el 60% de lo que podrían dar. El perfume del Atleti no puede ser el conformismo. Ni el tercer puesto, por muchos billetes que genere. Pero eso es otro debate. Al grano: La gente del Atleti empieza a estar harta. Completamente harta. Y no está pidiendo nada imposible. Está pidiendo intensidad, agresividad, entrega, fútbol, calidad, ambición y ganas. Todo eso que este equipo demostró que podía poner ante el Madrid. Todo eso que se puso un día y que no se ha vuelto a poner. Los jugadores y el entrenador saben el nivel que pueden dar. Y esto está muy claro. O se ponen a dar ese nivel o esta temporada puede acabar muy mal. O se ponen las pilas o el cuento terminará mal. El que avisa no es traidor.