El amor propio de un corazón dañado

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Eindhoven (o cualquier lugar entre aquella mágica ciudad holandesa y Sevilla); horas después de ganar la primera UEFA Europa League en la historia de la entidad blanquirroja; Maresca, héroe de la noche, posaba junto a Javi Navarro, capitán de aquel equipo, con una camiseta que, de una manera u otra, hizo historia en el club: Non c'e sconfitta nel cuore di chi lotta (No hay derrota en el corazón de quien lucha). Unas palabras que, a buen seguro, bien valdrían para este equipo algunos años después, un equipo que se agarra al amor propio de un corazón dañado. Decía Jorge Sampaoli, tras vencer ante el Almería, que su equipo se llevó los tres puntos por "corazón" y "valentía". Evidente, el argentino no es tonto, sabía que la historia -a pesar de la multitud de llegadas, de centros insensatos y remates al Hospital-, no era cuestión de fútbol. Porque tener fútbol cuando tu carrilero está destrozado, cuando de los cinco centrales que has usado en 90', solo dos saben de la posición, cuando tu pivote no es pivote, cuando tu delantero está con las medias en los tobillos a falta de 20' y cuando tu jugador más desequilibrante está jugando de carrilero, la realidad, es complicado. Inventos, miles; resultados, los justos.

A este Sevilla no le mantiene el fútbol, le mantiene el "corazón" y la fortuna de que la moneda al aire que ha lanzado su entrenador ante Fenerbahce (con una primera mitad horrenda) y ante Almería (con un equipo totalmente roto) salió cara. Y salió cara por amor propio. Cuando hablamos de amor propio hablamos de Bono, que más allá de ser Zamora (que se dice pronto), sigue siendo el ex del Girona que tanto sufrió para ver la zona de élite; de Navas, campeón del Mundo, que sigue siendo el de Los Palacios que regateaba charcos; de Badé, que sigue siendo al que en Inglaterra no le pusieron ni un minuto; de Jordán, el mismo que falló y se fue a casa jodido, que sigue siendo ex del Eibar, de Dmitrovic más de lo mismo, de Rakitic, que también es fácil señalarlo, que sigue siendo capitán y campeón de casi todo con el Barça, de Suso, que sigue siendo al que le dieron palos hasta en el DNI hasta cuando jugaba prácticamente recuperado de lesión y sin ritmo de competición, de Ocampos, que continúa con su particular revancha tras ser ninguneado en Holanda y de En-Nesyri, igual, sigue como ex del Leganés. Podemos seguir, porque Óliver Torres continúa empeñado en demostrar que se equivocaron al no inscribirlo en Europa o Bryan Gil, entre otros, que sigue con la ilusión de ganarse un sitio en 'su' equipo de toda la vida o Lamela, goleador otra vez, que sigue intentando borrar eso de jugador irregular que tanto le persigue. Todos tienen una o dos razones para sacar amor propio y negarse a descender a LaLiga SmartBank. Ese amor propio es el que mantiene vivo al Sevilla, aunque todo ese amor propio sería insuficiente sin un corazón dañado. No es el de Sampaoli, no es el de Monchi, ni el de Pepe Castro (que también pueden tenerlo), sino el de miles de sevillistas que aprietan como nunca han hecho, porque el dulce del éxito es incomparable, pero el amargor del fracaso no desaparece nunca. El Sevilla sigue vivo a base de amor propio, a base de gritos como el de Lamela en el gol, a base de puños apretados como el de Ocampos tras marcar en el penalti, pero también gracias a un público que, después de todo lo que se ha ensuciado el escudo, sigue apoyando como si nada hubiese pasado. Esta es la realidad que, según el entrenador, acompañará al equipo "hasta el final" a menos que se encadenen "cuatro o cinco victorias" (algo que parece que ni él mismo es capaz de creer), y cuanto antes se asuma, antes se saldrá de la zona baja, porque recuerden: Non c'e sconfitta nel cuore di chi lotta.
