Fallo y condena

Crimen y castigo
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El título me lo regaló Mikel San José cuando, frente al micrófono de 'Bein Sports' que sostenía la eficiente y talentosa periodista Isabel Forner (algo tiene esta mujer cuando 'Bein' erigió un acueducto para que el agua de su palabra bajara desde Ipurua hasta Madrid), y 'ante los oídos' de los televidentes, el león navarro, que lucía la ikurriña de capitán, confesó el más grave de sus pecados: "Uno falla y condena al equipo". La palabra 'fallo' atribuida a su persona la repitió varias veces. Para autoimculparse del desencadenante de la derrota, para descargar culpa del pecho de sus compañeros, "ya muy cargado y deshecho" luego de una serie de sucesos que ocuparon portada a extensión completa en el amanecer del viernes de pasión, y que, viajando en ríos de tinta desbordados, anegaran esos cuatro lados de San Mamés en los que encontramos cobijo para recibir el alimento espiritual de aquellos que, como acertadamente dijo en su día Andoni Zubizarreta, "juegan con una camiseta a rayas rojas y blancas cuyos derechos para ser lúcida nos los da toda esa gente que se sienta en la grada", y esa mayoría, añado, que, por llevar al extremo su condición de ateos, no hacen acto de presencia en La Catedral así que la directiva retire el altar sobre el que descansa el peso legendario de Rafael Moreno Aranzadi 'Pitxitxi'. Por fin. Ya era hora. La misma valentía que demuestra al expresarse en su cuenta de twiter la trasladó a la pequeña pantalla. Y eso le honra. Ojalá, habrá más partidos como este de Butarque, no lo duden, que, en el futuro, el que hierre de bulto y en solitario condenando al colectivo tenga el arrojo de la sinceridad y la virtud de la brevedad: "Por mi culpa, por mi culpa, por mi grandísima culpa". Porque en este 'Athletic Club nuestro' (sin el que la vida perdería un sentido que muy pocos encuentran: paradoja al canto), los errores individuales que no vienen a cuento, cometidos en partidos que carecen de fantasía aunque tras su final sean materia para el 'relato corto', se pagan, los pagamos, muy caros: el de San José, que declaró tras ser citado, costo un gol, el único que, a la postre, le daría al Leganes los tres puntos.

En un arranque racial de la segunda mitad, el cuadro de Cuco Ziganda, a nada que esa diosa menor desaborida que es Fortuna se hubiera echado a un lado, se debería haber puesto por delante en el marcador. La Ocasion (prima-hermana de Fortuna) la pintaban calva cuando el propio San José remató al travesaño de cabeza un córner en el que, tras quedarse con el molde, Cuéllar había dejado la portería totalmente desguarnecida. El que nos lo podía haber dado todo nos lo terminaría quitando, todo también, cuando, no mucho después, perdió un balón, más bien se lo robaron, atraco a pie sin armar y cuerpo de la misma guisa, porque Mikel se quedó sin el esférico debido a (así lo anote) "su ausencia de facultades físicas, vitales en el fútbol y más en la estratégica posición que ocupa: fuerza, ritmo, velocidad, capacidad de reacción ante el estímulo del ruido que provoca el adversario cuando nos encima con muy malas intenciones". El fuerte de San José es su criterio. Su finura. El olfato que se le agudiza cuando se acerca al marco rival y consigue atinar con el iman en el que a veces se convierte cualquier parte de su cuerpo que no sea brazo o mano que el reglamento no contempla. Cuando no está fino, cuando su estado físico no es el adecuado para batirse en duelos en la medular, San José se convierte en su peor enemigo. Hoy ha reconocido "mi fallo que ha condenado al equipo". Reconocimiento que muy pocos, apenas nadie, practican. Acordémonos de lo mucho que le costó a Kepa Arrizabalaga, y a regañadientes y como en susurros lo hizo, reconocer los dos fallos de colegial que cometió ante el Valencia con resultado catastrófico y el "derecho a equivocarse" que le concedió su entrenador. Memoricemos, también, los goles que, por inacción, se comió Lekue en La Rosaleda posibilitando un empate de locura: Ziganda pluralizó, globalizó, como si en vez de uno, Iñigo, hubieran sido once los que se agolpaban en su demarcación. Del mismo modo, cuando el error es la última consecuencia de una cadena de fallos, conviene señalarlo. Y, finalmente, cuando es el entrenador el que no atina, dígase que es el el que no acierta, el que no da con la tecla, el director de una orquesta que desafina. A continuación, y antes de precipitarse, regálesele una brújula por si fuera el 'norte' lo que hubiera perdido, o un 'gepeese' si la desorientación fuera más seria.

Metáforas estúpidas al margen, no olvide la persona lectora que el que escribe se convirtió en el más ferviente defensor del fútbol que practicaba ese Bilbao Athletic de Segunda descapitalizado por Amorrortu. Ziganda era mi debilidad. Su manera de entender el fútbol me cautivaba. Amor a primera, segunda y tercera vista. Ahora, sin embargo, la historia ha cambiado de raíz porque Cuco dirige al "equipo en el que quiero estar y venero": Si Ziganda cayera, yo me precipitaría con él a ese abismo insondable que habitan aquellos entrenadores que, por amor al Athletic Club, no supieron ni quisieron decir "No" a sabiendas de que dirigir a los leones, a 'estos leones', es un arma bivalente en el que predomina lo afilado que muestra querencia hacia la carne del cuerpo de la persona que lo maneja. Entiendo, creo, intuyo, aventuro que esta depresión fútbolistica en la que está sumido el Athletic esta irremediablemente relacionada con lo psicológico, es decir, con la psique, eso que llamamos 'anima', así en lo individual como en lo colectivo. Doctores tiene la iglesia. Psicólogos, psicólogas, haberlos, haylos, y a 'chorramortero'. Si, por dotarle de actualidad a esta 'contra crónica', uno debe referirse a los hechos acaecidos en el estadio de Butarque frente al Leganes de Javi Eraso ("¿un vasco matando a otro vasco?", traducción al lenguaje del fútbol de lo que aquel filipino condenado a la pena de muerte le dijo a su verdugo cuando este le empezaba a inyectar en sus venas el líquido letal: "¿un filipino matando a otro filipino?"), dígase, con una muy mala gana y deficientes maneras, lo que en el cuaderno apunte: "El Athletic no propone nada, cierto, pero ese 'no proponer suyo' anula las 'supuestas', hipotéticas proposiciones que tuviera el Leganes ya de salida"... Así se fue consumiendo la primera mitad, con más pena, para ambos equipos, que gloria para ninguno de ellos. Y cuando el Athletic, luego de la arenga en el vestuario de 'nuestro' Cuco Ziganda, saltó al campo con todas las de la ley, y acogoto al Leganes, y a punto estuvo de golearlo por duplicado, la 'pelota no quiso entrar'. Si, en cambio, el error por la ventana de la casa que guardaba San José. El 'Lega' no perdono. A partir de ahí, los 'pepineros' se dedicaron a guardar su huerta y a invadir la nuestra en veloces acometidas. Con uno basta. Con uno basto. Nosotros no marcamos. Y el 'humilde' Leganes, que no sabe de compasiones, no nos perdono. Que, al final de la contienda, Mikel San José reconociera en pública confesión su 'pecado' no varió el acta redactada por un Mateu Lahoz que no quiso pitar un doble penalti cometido por Cuéllar sobre Unai Nuñez, y desvío su vista hacia el linier tras ver cómo Aduriz era empujado con descaro por su marcador en el corazón del área. Por Luis María Pérez, 'Kuitxi', exfutbolista y periodista
