Valverde se hace un selfie

No le quedó bien la foto del Calderón.
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Semana intensa en Lezama para preparar el último partido de la temporada, en el que la chavalería de Ernesto Valverde, dependiendo de sí misma, se jugaba el sexto puesto, y, a expensas del partido de Mestalla, un quinto, nunca malo, siempre y cuando el Villarreal hincara la rodilla ante un Valencia desnortado durante todo el ejercicio liguero... A puerta abierta. A puerta cerrada. ¿Realmente tiene alguna relevancia que en los entrenos  de Valverde no se permita la presencia de periodistas de oficio y aficionados con sus retoños a la caza de una foto con 'el Zorro' o un autógrafo de Raúl García?... 'Rulo', un futbolista 'especialmente motivado' para liderar el campanazo en la tarde del cierre de un estadio presto a ser derruido tras haber celebrado recientemente sus bodas de oro...  Tras el fiasco del Manzanares, el enésimo siempre que el Athletic de Marcelo Bielsa, primero, y el de Valverde, después, se ha enfrentado a los colchoneros liderados por Simeone, uno ha decidido hacer huelga de dedos en danza y ojos parpadeantes. Eso que me ahorro. El mero amago de encender el ordenador, iluminar la tablet, cliquear en un wasap ciego con intenciones de hablar de fútbol, y todo lo que  el juego conlleva, es algo que me agota. Me niego a hacerle el juego a Valverde, a seguirle la corriente cuando simula ser un rio desde su cuna hasta su mar.  Ernesto creía que se le miraba y no se le veía. Que hablaba, y que el lenguaje de sus labios no se lo leía nadie. Ha asistido impávido a un espectáculo tan penoso que, con el paso de los minutos, a uno le entraban ganas de meterse en el televisor y aparecer en pleno terreno de juego con la intención de ir depositando limosna  junto a todos y cada uno de los jugadores del Athletic. Metafórico dinero. Papel y metal que sacarían de la pobreza a un equipo tan decadente y triste que movía, por humana empatía, a la compasión.  ¡Muera el fútbol! O quizás el de los leones ya habría fallecido hace tanto tiempo que su funeral, por abaratar los gastos del sepelio, podría haberse oficiado en el mismo templo en el que los parroquianos se quedaban deshidratados de tanto llorar la desaparición por cataclismo de ese paraíso misterioso y fascinante llamado Atlántida.Qué lástima me da ver al Athletic Club, o sea, verme a mí mismo  Un blog. Un bolígrafo. Por aquello de tomar apuntes si saltara esa liebre noticiosa de una jugada meritoria. De un centro. De un remate. De defender mal o bien. Del gol... Tumbado en la cama. Cojines debajo del cuello para la comodidad. Fue ponerse la cinta en marcha... y constatar que el partido era una doble  sesión vespertina en la que se ofertaba una de vikingos... y la enésima versión de 'La Pasión del Athletic' según un entrenador que se habría devanado los sesos a fin de preparar un partido de fútbol hasta, en apariencia, el más nimio de los detalles.   Todo trabajado. Nada al azar. Si, acaso, que la novedad surgiera fruto de la innata calidad que tiene este equipo que Ernesto Valverde dirigía en lo que, para los locales, suponía el último partido liguero a disputar en el ya legendario Manzanares. Y ahora que ya he repartido los cubiertos a izquierda y derecha de los platos y vasos de los convidados a este banquete, que comience el festín, la merienda, el banquete, la comilona de aire contaminado que ha terminado dejándome con una acidez emocional del todo inmerecida, para mí, y para todos aquellos que al Athletic le son fieles hasta el final de la partida...  Qué lástima me da ver al Athletic Club, o sea, verme a mí mismo, o ver a Ernesto Valverde, que no es lo mismo pero es igual. Qué tipo de pecado mortal de necesidad hemos cometido los que somos Athletic para, atados a una silla, con los ojos con pinzas abiertos, cual banda de enfermos de la 'Naranja Mecánica, visionar, una  y otra vez, el juego rojiblanco. Por qué otros, no, y nosotros, sí. Porque a nosotros, sí, y no a los demás...  En tardes como esta , ser Athletic es una dolencia congénita que se agudiza hasta lo humanamente soportable. No he visto en toda la 'Liga Santander' un equipo que, a la hora de defender, se desparrame con tanta indolencia. Da pena. Damos pena. Valverde, con lo del verde, y, sobre todo, con sus palabras en la sala de prensa, ha provocado que sintiera una lástima tan profunda que, diríase, mi alma tocaba ese 'centro de la tierra' al que, picando piedra en  Islandia, pretendía llegar Julio Verne.  Que situación. Que reparto del espacio. Que vértigo. Que mareo. Caótico al mismo tiempo que grotesco. Que sistema. Sol, planetas, esférico dando vueltas sobre sí mismo. Catastrófico. Me sobran. Me faltan. Me refiero a las palabras. Este Athletic parecía un Benjamín de primer año cuyo entrenador se habría quedado en casa afecto de un ataque agudo de presbicia. ¿Que hacía Raúl García en el 'once' de salida? ¿Qué tipo de danza dibujan sobre el verde estos leones nuestros dejados de la mano de Dios?  Dejados, también, de la mano y los pies  de un entrenador cuya propuesta táctica consiste en acarrear el balón hasta el vértice de las áreas de ambas bandas, y, luego de un grotesco control orientado, golpear la pelota a pierna cambiada para acumular centros al área y ganar tantos por ciento de posesión...  Como ataca el Athletic... Como gestiona la posesión cuando el rival no le muerde... Como... Como defendía uando... ¡Zas!... El primero... Como cuando... ¡Zas!...E l segundo. Mayo de comuniones. Toda la inocencia de un niño  se hallaba dibujada en la mirada de todos y cada uno de los futbolistas del Athletic. Toda la sabiduría de un técnico de fútbol estaba atrapada en la mente de Ernesto Valverde.   'Txingurri' había preparado este partido sin dejar ningún detalle a los caprichos del azar. Entre la fiesta de los colchoneros y la necesidad de victoria de los  leones, ¿en qué casillero habría de detenerse la ruleta de Fortuna?...  Desde que Simeone se hiciera cargo del Atlético de Madrid. Desde que, visto el panorama, se enfrentara por primera vez a aquel Athletic de Marcelo Bielsa, para el técnico del Atlético, el Athletic, ese que "Athletic solo hay uno y es el de Bilbao", se ha convertido en su juguete favorito, preferido, predilecto. Simeone se mueve por el rectángulo de juego volteando leones tristes, como si fueran soldaditos de plomo con heridas de guerra. Con hambre. Con sed.   Simeone es experto en convertir una manada de leones en un grupo de ovejitas. Valverde cuenta y cuenta. Se le hace de noche. Se queda dormido. Y su equipo, ahí, fuera del redil, aprisco también llamado. A la intemperie. Sueña que, al despertar, se dará a la fuga en su intento de alcanzar ese Paraíso que cree merecer por haber sostenido a su equipo en la frontera de la UEFA. Pitos y aplausos. Division de opiniones. Es difícil contentar a todos. Pero muy fácil le resulta a Txingurri dejar a su equipo como un guiñapo. Triste. Expoliado. Sujeto de mofa por parte de todos aquellos que son capaces de contemplar a un equipo de fútbol sin ofrecer a cambio una pizca de balompédica dignidad. Por Luis María Pérez, 'Kuitxi'. Futbolista, periodista, montañero, pero sobre todo escritor: cuentos, relatos, cronicas, artículos radiofónicos, literatura de viajes. 

@LuismaPrezGartz

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