Pedaladas a tumba abierta

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Nos ha tocado vivir, pero relativamente. En un principio, sí. Pero luego, y en función de cómo nos vaya resultando, nosotros decidimos si conservarla o mandarla a por tabaco. Ahora bien, si optamos por vivir, debemos entregarnos al hedonismo sin ambages, que no es más que buscar el placer a cada instante. Y, aunque el placer es subjetivo, coincidiremos en que todo placer que comporta un mayor dolor se acerca más al castigo que a la felicidad. Es más rentable a la inversa: el esfuerzo y el sacrificio que implica el deporte conducen después a una felicidad superior a la que pueda proporcionarnos cualquier otra vía de goce, en tanto que depositario de las más elevadas sensaciones de fortaleza, autoconocimiento y libertad. Lo que ya no queda tan claro es si este argumento es válido para cualquier deporte. Un deporte de riesgo anda más próximo al consumo desenfrenado de alcohol que a la consideración hedonista del deporte. La lesión es inherente al deporte, pero la muerte no. Cuando el cuerpo pretende sacar de sí el máximo rendimiento es lógico que cualquier miembro pueda quebrarse, pero luego se restablece. La lesión deportiva es un accidente natural. Pero aquellos deportes en los que la lesión es tan abundante que se aproximan más a la sustancia que al accidente no entran en los parámetros del placer, por definición. Que a un militar lo maten en una guerra entra dentro de toda lógica. Un militar no es un pescador. Su riesgo no es clavarse un anzuelo, sino una bala. Últimamente, llevamos una demoledora catarata de accidentes mortales por practicar el ciclismo en carretera. Lo que me cuesta entender es que no haya más. Yo era de los que aprovechaba el domingo por la mañana para enfilar la carretera con la bici, que es cuando menos coches hay y —sin viento— era un orgasmo deportivo. Pero dentro de esos pocos coches, noté que abundaban los conductores que venían de marea, sin dormir y con el sol naciente de cara. Mientras me adelantaban, presentía que si alguno me rozaba —llevara casco de ciclista o armadura de Ivanhoe— llegaba directo a América del Sur. Y eso que siempre cogí carreteras con un metro de arcén. Sin arcén, el riesgo se multiplica al cubo. Sentí que no merecía la pena. Que el placer que me proporcionaba el ciclismo en carretera no era tanto al comprobar que, cada vez que pasaba un coche por mi lado, los huevos se me salían por la cremallera del maillot. Por otra parte, como conductores, todos hemos comprobado la situación de estrés inesperado que padecemos cada vez que en una carretera secundaria nos encontramos a un ciclista. Si va en nuestra dirección, tenemos que reducir al instante 60-70 kilómetros/hora de velocidad (si lo vemos con antelación, claro, porque si nos lo encontramos al tomar una curva, la frenada se complica). Los huevos del conductor también topan de pronto con el cinturón de seguridad. Y ya ni hablamos con el que te cruzas de frente en una carretera de montaña haciendo un descenso a tumba abierta creyéndose Indurain. Esquivar ciclistas irresponsables también es muy habitual, pero no vende en las cabeceras de los telediarios.Hay un enorme vacío legal. Como los políticos no sirven ni para freír puñetas no empiezan a barajar medidas hasta que las tragedias se multiplican. Ninguno tiene capacidad anticipatoria para evitarlas, si no, no estarían en la política, sino trabajando en algo serio —que la política ya no lo es—. Es una irresponsabilidad política con tintes homicidas fomentar el uso ecologista de la bicicleta en ciudades y carreteras diseñadas solo para coches. Nuestro gobierno, como buen gobierno, inepto hasta la saciedad, sólo plantea como solución el endurecimiento del código penal. Así lo arregla todo. Tenemos el código penal más duro de Europa. Puede incluso reinstaurarse la pena de muerte para el borracho que mate a un ciclista. Pero esto no salvará a los ciclistas muertos ni a los que quedan por morir. Los deportistas aficionados tendemos a imitar a los profesionales, pero las condiciones en las que unos y otros practicamos deporte varían en exceso, hasta un límite en que el riesgo no suele estar tanto en el deporte en sí como en las propias condiciones en que se practica. Y practicar ciclismo en unas carreteras diseñadas para coches manda cojones, se ponga como se ponga Juanelo. No estoy culpando a los ciclistas aficionados, ojo, no se me malinterprete. Sólo estoy llamando su atención. Les pregunto: los que hacemos spinning, rutas campestres o simplemente nos limitamos a los carriles bici, aceras, frenamos e incluso nos bajamos cuando se aglomeran viandantes, o usamos la calzada a 20 kms/h como máximo, ¿somos cobardes, carajotes, o es que no nos gusta realmente el ciclismo? Vuelvo al párrafo inicial. Cuestión de cómo cada cual interprete el hedonismo. Y ya aprovecho. El que diseñó lo que desafortunadamente llaman “carril bici” de Cádiz fumaba una grifa de muy baja calidad y puede presumir de haber construido la mayor chapuza urbanística de la ciudad junto con los rascacielos que los militares habitan frente a La Caleta. EL RUBIO (recogiendo firmas para un aeropuerto de vuelo sin motor)