Los dueños de coches eléctricos se están ahorrando miles de euros en servicios de mantenimiento postventa

Renault. Renault
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Cuando se analiza la expansión del coche eléctrico, el foco suele situarse en las emisiones o en la innovación tecnológica. Sin embargo, existe un argumento menos visible que está teniendo un peso creciente en la decisión de compra: el ahorro en mantenimiento. La propia concepción técnica de estos vehículos, mucho más sencilla que la de un modelo de combustión, reduce de forma significativa las visitas al taller y el coste acumulado de la postventa.

Un vehículo eléctrico elimina de su ecuación numerosos componentes sometidos a desgaste periódico en un motor térmico. No hay cambios de aceite ni de filtros asociados, tampoco embrague, correa de distribución, sistema de escape o caja de cambios tradicional con múltiples engranajes. Esta simplificación estructural implica menos piezas móviles, menor fricción interna y, en consecuencia, una probabilidad más baja de averías mecánicas complejas.

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A lo largo de varios años de uso, esta diferencia técnica se traduce en una reducción sustancial del gasto. En un coche de gasolina o diésel, las operaciones rutinarias incluyen sustituciones periódicas de lubricantes, filtros, bujías, correas o elementos del sistema de tratamiento de gases. En un eléctrico, esas intervenciones desaparecen prácticamente por completo. Cabe destacar que incluso el sistema de frenado experimenta un menor desgaste gracias a la frenada regenerativa, que aprovecha la retención del motor para recargar la batería y reduce el uso intensivo de discos y pastillas.

El resultado es un coste de mantenimiento más previsible y, en términos generales, más bajo. Aunque el precio de adquisición de un eléctrico puede ser superior, la diferencia tiende a compensarse parcialmente con el ahorro en servicios técnicos y reparaciones a medio plazo.

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Una estructura mecánica más simple y eficiente

La base de este ahorro reside en la arquitectura del sistema de propulsión. Un motor eléctrico está compuesto por un número muy reducido de elementos móviles en comparación con un motor de combustión interna, que requiere sistemas complejos de inyección, distribución, refrigeración y escape. En este sentido, la ausencia de turbo, válvulas, pistones o catalizadores elimina algunos de los puntos más sensibles y costosos del mantenimiento tradicional.

Las revisiones periódicas de un coche eléctrico se centran principalmente en componentes comunes a cualquier vehículo: neumáticos, suspensión, dirección, sistema de climatización o estado general de la batería. Esta última suele contar con garantías específicas de larga duración, lo que aporta estabilidad adicional en el cálculo del coste total de propiedad.

Por otro lado, los intervalos de mantenimiento suelen ser más amplios y las operaciones más rápidas, lo que reduce tanto el importe de las facturas como el tiempo de inmovilización del vehículo. La menor dependencia de consumibles y la simplificación mecánica consolidan una tendencia clara: los propietarios de coches eléctricos pueden llegar a ahorrar miles de euros en servicios de postventa a lo largo de la vida útil del vehículo, reforzando uno de los argumentos económicos más sólidos de esta tecnología.