El Atlético de Madrid brilló en el partido ante el Real Betis
La Copa mola si está Ademola
Como suele decir ahora la chavalería, fue absoluto cine. Anoche el Atleti desempolvó el manual del buen fútbol, lo recitó de memoria y se marcó uno de los mejores partidos que se le recuerdan en los últimos años. A la altura de aquellas gestas de Mónaco o Bucarest. Y muy por encima de las famosas goleadas al vecino. Lo hizo siendo puntual a su cita con lo imprevisible, porque el Atleti llevaba instalado en la duda y ese, cuando se es equipo grande, es mal lugar para pasar demasiado tiempo. Empeñado en seguir siendo su peor enemigo, atrapado en el drama diario de Twitter Atleti y arrimándose a un ambiente guerracivilista, el Atleti regaló a los suyos una noche memorable de fútbol. Ya tocaba, ya era hora. Los críticos de Simeone vieron como un concierto interminable de pases enterraba sus ansias de un futuro sin el argentino; las voces que pedían una soga para el cuello de Mateu Alemany se quedaron mudas cada pase brutal de Baena y cada cabalgadas salvaje de Lookman; y los pecadores habituales, los que siempre pecamos pensando que la temporada puede acabar mal, confesamos nuestra falta mientras Antoine Griezmann volvía a demostrar que es un jugador de época, un tipo que flota mientras hace que los aficionados del Atleti se sientan en un parque de bolas.
Nadie, ni el más optimista del lugar, habría pensado que la noche sería tan perfecta para los atléticos. El equipo que no carbura, que no tiene pegada, que deja a deber fuera de casa y que, a veces, juega un fútbol vulgar, anoche dejó su lugar a otro que resultó un auténtico vendaval. El plan del Cholo fue cuchillo en mantequilla bética. Atrajo la presión y desencadenó una marea de transiciones brutales que acabó siendo aplaudida por La Cartuja, que se rindió al nivel colchonero durante toda la noche. Por fin, el contragolpe de toda la vida. Bajo el manto estrellado de Sevilla, el Atleti se enfrentó a la encrucijada famosa de Menotti. Debía elegir si era toro o torero. Así que Pablo Barrios amasó el balón, Koke construyó desde la base, Hanko dio una exhibición, Giuliano echó el corazón por la boca, Griezmann interpretó una coreografía impecable, Baena ejerció de ‘quarterback’ de lujo y de todo lo demás se ocupó una pantera en libertad. El ‘give me todo el power’ nigeriano. Ademola Olajade Alade Aylola Lookman. Nombre kilométrico, pero denominación de origen corta: Bestia parda. Su poderío físico, potencia y desmarque elevaron el juego colchonero hasta cotas de belleza que, en varios momentos de esta temporada, habrían sido inimaginables. Al concierto atlético se sumó Almada, para interpretar bien la partitura; Rodrigo Mendoza, que dejó claro que tiene más clase que un instituto; y Obed Vargas, que es de esa clase de personas que no persigue sus sueños, sino que los vive. Majestuoso, en plan campeón, el Atleti lastimó en profundidad. Salió de la presión del Betis como quien da un paseo por el campo, derrochó categoría con la pelota y metió un ritmo endiablado en cada transición, ejecutando su plan con precisión de cirujano. Kubala decía que el fútbol se compone de tres fases: Querer, saber y poder. El equipo de Simeone tuvo todo eso anoche y regaló a su hinchada una noche memorable. Una masterclass de fútbol. Si es un sueño, que nadie despierte a la gente del Atleti.

