Toyota sorprende de nuevo con un resultado final que lleva sus formas más atrevidas a una nueva generación
El C-HR es uno de los modelos más vendidos de la marca japonesa
Esta es la forma de tener un Toyota sin ser un Toyota
El primer Toyota C-HR ya demostró que un híbrido podía comprarse también porque entraba por los ojos. La nueva generación recoge aquella idea y la lleva bastante más lejos. Los faros son más finos, las ruedas parecen mayores y la carrocería utiliza una combinación de superficies y colores que continúa resultando llamativa incluso años después de su presentación.
Toyota no ha intentado convertirlo en un SUV familiar convencional. El C-HR conserva una silueta de cupé, una trasera elevada y unas ventanillas posteriores relativamente pequeñas. Sacrifica algo de sentido práctico, pero gana precisamente aquello que lo distingue de modelos más cuadrados y previsibles.
Un frontal que parece proceder de un prototipo
Los faros dibujan unas formas afiladas que se prolongan hacia el centro y los extremos. La parrilla queda integrada en la parte inferior del paragolpes, evitando el enorme marco que utilizan muchos SUV. El capó es bajo y contribuye a que el coche parezca más pegado al suelo.
De perfil destacan los tiradores enrasados, utilizados por primera vez en un Toyota de producción, y unos pliegues que recorren las puertas sin añadir molduras innecesarias. El techo cae con fuerza hacia atrás, mientras los pasos de rueda oscuros aportan el toque robusto necesario para mantener su identidad de crossover.
La pintura bitono puede extender el negro del techo sobre buena parte de la zona posterior. El efecto divide visualmente la carrocería y hace que la trasera parezca más compacta. Es una solución atrevida, pero encaja mejor aquí que en coches diseñados originalmente con formas mucho más sencillas.
La parte posterior concentra su mayor personalidad
Los pilotos forman una línea muy fina que cruza el portón e integra el nombre del modelo. Por debajo aparecen superficies angulosas y un paragolpes limpio, sin falsas salidas de escape. La luneta inclinada limita la visibilidad, aunque también crea esa postura recogida que permite reconocerlo inmediatamente.
Dentro, el salpicadero envuelve ligeramente al conductor. La pantalla central queda bien integrada, la instrumentación digital ofrece diferentes configuraciones y la iluminación ambiental cambia según determinadas situaciones. Toyota ha mejorado además la calidad de las superficies visibles y la sensación general resulta más cuidada.
Las plazas posteriores no son tan luminosas como las de un Corolla Cross y el maletero alcanza hasta unos 388 litros según versión. El C-HR no pretende ganar la batalla de los centímetros. Está pensado para parejas o familias que acepten una pequeña renuncia práctica a cambio de una carrocería mucho más especial.
Híbrido o enchufable sin alterar la imagen
La gama ofrece versiones híbridas de 140 y 180 CV, además de un híbrido enchufable de 223 CV. Las primeras priorizan el consumo y la sencillez de uso, mientras que el PHEV permite realizar los recorridos cotidianos utilizando electricidad cuando se recarga con frecuencia.
Todos conservan una respuesta suave en ciudad y el funcionamiento automático característico de Toyota. La generación actual también ha mejorado el aislamiento y la estabilidad, consiguiendo que su aspecto deportivo tenga cierta correspondencia con la conducción.
El C-HR vuelve a sorprender porque no se limita a actualizar la fórmula original. Ha convertido los tiradores, la pintura, los faros y la caída del techo en partes de una misma idea. Continúa siendo menos práctico que algunos rivales, pero pocos híbridos generalistas tienen una imagen tan reconocible. En una gama Toyota cada vez más variada, sigue siendo el modelo que demuestra hasta dónde puede llegar la marca cuando decide arriesgar.
