El nuevo Mitsubishi Outlander híbrido enchufable tiene cosas buenas, pero tres que no lo son tanto

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Mitsubishi. Mitsubishi
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El nuevo Mitsubishi Outlander híbrido enchufable supone un punto de inflexión claro en la trayectoria reciente de la marca en Europa. Tras un periodo de ausencia, el modelo regresa con una propuesta completamente renovada que busca competir en el segmento de los SUV medianos electrificados con argumentos más sólidos que nunca. El salto generacional es evidente en todos los apartados, desde el diseño exterior hasta la tecnología embarcada, marcando distancias con su antecesor.

A nivel estético, el Outlander adopta una imagen más robusta y sofisticada, alineada con el lenguaje de diseño actual de Mitsubishi. Las proporciones son más imponentes y la presencia en carretera transmite una sensación de mayor empaque y categoría. Este cambio no es solo visual, ya que el modelo también crece en percepción de calidad, un aspecto clave para su reposicionamiento.

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El sistema híbrido enchufable sigue siendo el eje central del modelo. Combina dos motores eléctricos con un propulsor de gasolina que actúa principalmente como apoyo, priorizando la conducción en modo eléctrico siempre que es posible. No es ningún secreto que este planteamiento favorece una experiencia de conducción suave, silenciosa y especialmente agradable en ciudad y recorridos periurbanos, donde el Outlander se mueve con notable soltura.

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El interior confirma la evolución del conjunto. Materiales mejorados, ajustes más precisos y una dotación tecnológica más completa sitúan al Outlander en un nivel claramente superior al de generaciones anteriores. El espacio disponible, tanto en las plazas delanteras como traseras, refuerza su orientación familiar, con una sensación de confort general muy conseguida.

Un producto equilibrado con tres puntos débiles claros

Pese a sus muchas virtudes, el nuevo Outlander PHEV no está exento de sombras. El primer aspecto menos favorable es el peso. La combinación de batería, motores eléctricos y sistema de tracción total incrementa notablemente la masa del vehículo, lo que se traduce en una menor agilidad cuando el ritmo aumenta o la carretera se vuelve más exigente.

Lo destacable en este caso es que esa penalización también tiene efectos directos sobre el consumo cuando la batería se agota. En trayectos largos, el motor de gasolina debe mover un conjunto pesado, elevando las cifras de gasto de combustible por encima de lo esperado en un híbrido enchufable moderno. Este comportamiento resta coherencia al planteamiento en escenarios de uso intensivo en carretera.

El tercer punto crítico es el precio. El salto cualitativo del modelo viene acompañado de un posicionamiento económico más elevado, situándolo en una franja donde la competencia es especialmente dura. En este sentido, el Outlander se enfrenta a rivales con mayor tradición en el segmento o con sistemas híbridos más eficientes, lo que puede limitar su atractivo para determinados perfiles de comprador.

Por otro lado, conviene reconocer que estos compromisos no invalidan el conjunto. El Outlander híbrido enchufable es un SUV confortable, tecnológicamente avanzado y bien construido, que cumple con solvencia en el uso diario. Por todo ello, se presenta como una opción coherente dentro de su planteamiento, aunque con tres aspectos claramente mejorables que condicionan su equilibrio final.