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Generación Mamba
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Generación Mamba

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Carlos Molina
Kobe Bryant, generación Mamba.
Kobe Bryant, generación Mamba.

Estaba mayo casi veraneando en un año 2000 de ojeras mañaneras. La televisión por cable llegó a casa para quedarse y Sportmanía abrió una ventana al público en España a deportes como el béisbol de la MLB, el hockey hielo de la NHL, o la NBA. La democratización del caviar más selecto del espectáculo deportivo norteamericano desvelaba a jóvenes españoles a los que se les escapó Michael Jordan por poco. Sin redes sociales, y un Internet 'picapiedra' en las casas más favorecidas donde lo más entretenido era jugar a la serpiente en un Nokia 3210, mientras King África planeaba un atentado musical poniéndonos 'La Bomba'. Mónica Naranjo gritaba hasta explotarte los oídos 'Sobreviviré' y no tenía ni idea de quién era Estefanía.

Han pasado veinte años. Aquella primavera, esperando a que mis padres se durmieran y levantarme a hurtadillas para poner la NBA, no me perdí ni un partido. Al borde del infarto con el mando en la mano por si a Andrés Montes le daba por pegar un berrido y despertaba a toda la familia. Ahí apareció él. Un chico de Philadelphia con una suficiencia aparentemente arrogante, con el ocho en la dorada y púrpura que hacía tiempo ya que había perdido brillo. 'Chupón', con el pelo a medio camino entre lo afro y lo clásico, y un rostro poco expresivo que se entendía como despreocupado y que mucho tiempo después aprendimos que era 'mentality'. ¿Quién era ese usurpador? ¿Por qué quería ser Michael Jordan? No queríamos imitaciones. No queríamos a Kobe Bryant.

Los primeros millenials fueron etiquetados como la generación perdida. Cobayas de constantes reformas educativas y estigmatizados con la palabra fracaso. Los abuelos de los millenials sobrevivieron a una postguerra; héroes de guerra, y sus hijos han pasado a la historia como los héroes de La Transición. Para los millenials no quedaron conquistas ni condecoraciones. Vivirían a la sombra permanente. El talento bajo sospecha, la exigencia de ser mejores que los padres y los abuelos, y perder siempre. Kobe no tenía ninguna posibilidad. Michael Jordan no era el mejor jugador de baloncesto de la historia sino que era el principio y fin de la palabra baloncesto. Era un dogma de Fe. Un icono inexpugnable.

Kobe Bryant, durante un partido con los Lakers.
Kobe Bryant, durante un partido con los Lakers.

Como reza el tópico, Kobe tuvo que hacerse a sí mismo. Amaba el baloncesto de Jordan hasta el punto de estudiarlo para parecerse a él en todo lo posible mientras el baloncesto lo miraba como un imitador fallido. El aficionado no supo entender que Kobe solo estaba estudiando. El becario además poseía un talento descomunal que terminaría explotando muy poco tiempo después mientras Jordan se apagaba. El periodismo buscaba al nuevo Jordan y no lo encontró. Lo que encontró fue un universo paralelo. El Universo de Kobe Bryant. Ese universo en el que no aceptó cargar con el peso de un número 23, y quiso señalar el ciclo de una nueva generación; la del número 24. Bryant ganó al principio del nuevo siglo tres anillos consecutivos que le otorgaron además algo incluso más importante como era su propia identidad y su propia historia. Y eso que el camino solo acababa de comenzar.

Ahora tocaría descubrir la leyenda extraordinaria y la carrera legendaria del deportista, pero como la vida misma, a veces esperas cosas que sencillamente ya no están. Kobe tampoco. Se ha ido de este universo con la misma velocidad y ferocidad que picaba entrando al aro. Aún no lo puedo creer. No paro de mirar su rostro en la pared. Está ahí, y no está. El silencio es todo.

Cientos de personalidades de todo el mundo están consternadas y algunos se preguntan por qué. La respuesta es: Generación Mamba. Kobe Bryant decidió ser él mismo, aprender del mejor, hacer su camino, trabajar duro, madurar una psicología deportiva de ambición y talento, y todo ello desde la humildad en una selva de egos agrandados que era y es la NBA. Se creó un carisma que rompió la mayor barrera de su generación: ser un referente. Fue modelo baloncestístico, lo mejor que vieron nunca muchos, y lo más parecido a Dios que volverían a ver los devotos de Jordan. Amó el baloncesto como pocos y su mensaje fue siempre el de jugar al baloncesto con pasión. No entendía otra forma de hacerlo. Su figura era mundial y transversal. Era alguien reconocido y admirado en todo el mundo. Era Kobe Bryant.

Kobe Bryant ya es historia. Es leyenda. La Mamba Negra se ha llevado a su hija a jugar al baloncesto a otro lado. Deja un legado extraordinario y miles de imágenes que no podremos olvidar nunca. Vuelve a hacernos insignificantes y confusos. Vivos, embelesados por su veneno inmortal. Y no queríamos a Kobe Bryant.

Gracias Kobe.

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