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Y Jonas salió de la ballena
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Y Jonas salió de la ballena

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Foto autor
Luis Miguel Pascual
Jonas Vingegaard celebra el triunfo de etapa (Foto: EFE).
Jonas Vingegaard celebra el triunfo de etapa (Foto: EFE).

¿Cómo un ciclista tímido, introvertido, nervioso y vulnerable ha podido convertirse en el ganador del Tour de Francia? La reconversión de Jonas Vingegaard, en apenas dos años, cuenta la historia de un muchacho que tuvo que vencerse a si mismo antes de derrotar a los demás.

La receta parece estar en la llamada telefónica que el danés tras cada etapa, como un rito casi religioso que tiene para él más importancia que la ceremonia del podio.

Como el personaje bíblico, Vingegaard salió un día transformado de su propia ballena, venció los miedos que atenazaban su progresión, la de un muchacho que los entrenadores situaban como uno de los más prometedores de su generación, pero que estuvo a punto de acabar en nada por su incapacidad para dominar la tensión.

El salto sucedió en el Tour que comenzó en Dinamarca, su tierra natal, como si su paisano Hans Christian Andersen hubiera escrito el cuento con inicio poco prometedor y final feliz.

A sus 25 años, el joven escuálido con cara de niño, el desgarbado ciclista de pelo rubio y piel casi transparente, de mueca asustadiza que parece conservar el miedo que durante años marcó su vida, se convirtió en el ganador del Tour más rápido de la historia.

Y contra quienes busquen ponerle peros a su triunfo, lo hizo frente al esloveno Tadej Pogacar, designado por unanimidad como el mejor talento de la época, sucesor de los más grandes, empezando por el belga Eddy Merckx, un ciclista absoluto capaz de "canibalizar" lo que le pongan por delante, que casi festejaba ya su tercer Tour consecutivo.

¿Pero cómo pudo arrebatárselo este danés que hace un par de años ni siquiera formaba parte de su equipo en la ronda gala, cuyo palmarés se escribe en el dorso de una pequeña servilleta?

LA METAMORFOSIS

La respuesta está en la metamorfosis sufrida en apenas dos años por Vingegaard, que un día salió de la ballena como aquel personaje bíblico con quien comparte nombre transformado.

Quienes conocen al danés cuentan que Jonas tenía las mejores características físicas de su generación. Era un obseso del ciclismo que obligaba a sus padres a veranear en Francia para poder ascender las montañas que no encontraba en su país, porque en el reino de los rodadores, Vingegaard soñaba con ser un escalador.

Pero a la hora de la verdad, su pasión le bloqueaba el joven portento se perdía en noches de insomnio y náuseas que echaban por tierra su trabajo. Era el mejor, pero nunca ganaba.

En 2016 ingresó, sin contrato, en un modesto equipo danés, una ocupación que compaginó con su oficio en un almacén de pescado, donde embalaba pedidos y organiza las subastas cotidianas.

La bici era su pasión y su medio de transporte. "No es fácil trabajar ocho horas y luego entrenar otras seis", asegura Vingegaard cuando rememora aquellos años.

Sus directores de entonces recuerdan que era de los más afanados en los entrenamientos y el que más alto apuntaba, pero a la hora de la verdad, la falta de confianza le atenazaba y no tenía resultados.

En 2017 se fracturó una pierna en la Vuelta a los Fiordos pero superó el percance y siguió apuntando tal alto, que el vértigo le mareaba.

Favorito en los Mundiales sub-23 de 2018, acabó en el puesto 81. Y así una y otra vez.

INGRESA EN JUMBO

Al año siguiente ingresó en el proyecto Jumbo, en plena reconversión del viejo Rabobank, gangrenado por el dopaje. Al día siguiente de ponerse líder de la Vuelta a Polonia, de nuevo aparecieron los miedos y acabó lejos de la cabeza en la general.

Vingegaard parecía desquiciado, pero cambiaron las tornas. Con apenas 20 años conoció a Trine Hansen, doce mayor que él, y en el amor encontró la confianza.

Rodeado de ganadores en el Jumbo, el danés comenzó a mejorar. En 2021, cuando el holandés Tom Dumoulin se cayó del equipo del Jumbo para el Tour, nadie pensó que la inclusión de Vingegaard en su lugar fuera el pistoletazo de salida para su gesta.

Desconocido, el joven danés se vio propulsado a la primera línea cuando Roglic abandonó lesionado y los directores holandeses se rebanaron los sesos para evitar que, de nuevo, la responsabilidad no le subyugara.

Pero Vingegaard había cambiado. Ya no vomitaba antes de cada carrera, ni pasaba horas en vela. Rodeado de estrellas de talla mundial, apadrinado por el propio Roglic, que le acogió como a un hermano, el danés encontró remedio a sus angustias.

La tabla de salvación es su esposa, con quien habla a diario, quien le infunde la confianza en sus fuerzas y le permite expresar toda la fuerza de su talento.

Ella está al otro lado del teléfono tras cada etapa. Lo estaba en aquel primer Tour cuando plantó cara a Pogacar, lo que le dio conciencia de que era capaz de ganar, de superar sus miedos y sus angustias y que acabó segundo.

También durante la pasada Dauphiné, en la que muchos vieron ya un preludio del Tour, porque aunque la victoria fue para Roglic, el danés pareció más fuerte.

Y lo volvió a hacer en el Tour, aunque eso supusiera casi dejar de lado las felicitaciones de amigos y rivales.

Vingegaard, el segundo danés que gana el Tour, el hombre que quiere olvidar los años oscuros del ciclismo de su país, nombres como Bjarne Riis o Michael Rasmussen, mancillados por el dopaje, el ciclista que entronca con los grandes escaladores, salió al fin de su ballena para entrar en la historia.

Y hacerlo con fuerza en un ciclismo de años gloriosos y corredores excelsos, que auguran años de rivalidad y que desmienten a quien piense que es un ciclista de transición.

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