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Del reguetón también se sale

Escuchar a los de abajo puede ayudarte a escapar de los de arriba

No estoy de acuerdo con quienes aseguran que la música buena es aquella que se escucha mucho. Por esa regla de tres, el hachís es la mejor droga siempre que estemos de acuerdo en que hay estupefacientes que provocan el bien. No. Hay música mala, muy mala e, incluso, dañina, y eso no tiene nada que ver con cuánto, cuándo o cómo sea consumida.

¿Qué es una mala canción?

Quizá es mejor definir una canción buena. Vayamos a terrenos fáciles y a buscar el consenso: Bohemian Rhapsody de Queen, Billie Jean de Michael Jackson o Hey Jude de Los Beatles. Podríamos estar de acuerdo —incluso aunque seas un acérrimo reguetonero— en que cumplen con estos preceptos:

  • Más de 30 años después de su creación siguen sonando en radiofórmulas y listas en streaming con notable éxito y aceptación entre la audiencia.
  • Son canciones que se pueden consumir sentados y disfrutar de ellas, descubriendo nuevos matices e instrumentos con cada escucha… incluso años después.
  • Se pueden consumir desde la infancia hasta la muerte sin ruborizarte al cantarla o bailarla. Sonaban bien en los 80, en los 90, en los 00… y siguen sonando bien hoy.
  • En una sala con oyentes heavies, poperos, raperos o jazzistas consiguen unirlos a todos tarareando, moviendo las caderas… Rara vez alguno mirará al DJ con cara de amenaza.
  • Aunque no te gusten expresamente ninguna de esas canciones eres capaz de reconocer su calidad. Dicho de otra forma: no me gustan los Rolling Stones o Bob Dylan, pero reconozco la genialidad que emana de su vasto catálogo.
  • Abarcan temáticas más allá del deseo sexual primario y la fiesta. Sí, existe reguetón que no habla de mujeres que buscan hombres para perrear y viceversa, pero ni es fácil de encontrar ni es el que llega a los tops musicales.
  • Inspiran a otros artistas a versionarlas y, a su vez, a emplear los patrones rítmicos, de acordes y de melodía en creaciones futuras.

No imagino el año 2060 con los jóvenes de hoy escuchando con orgullo estrofas elaboradísimas como estas:

Yo soy su nene, sé que eres el que la mantiene, pero conmigo es que se viene

(Un bellaqueo, Ozuna featuring Pusho, Alexio & Juanka… que manda huevos que hagan falta tantas personas para semejante tributo a la etapa desgarrada de Rafael Alberti).

La primera se desespera. Se encojona si se lo echo afuera. La segunda tiene la funda. Y me paga pa’ que se lo hunda. La tercera me quita el estrés. Polvos corridos siempre echamos tres

(Cuatro Babys, Maluma y un tal Noriel… Mi madre me pilla escuchando esto cuando tenía 12 años y habría que medir el tiempo del castigo en eones, y la distancia a la que llegarían los auriculares en kilómetros).

Agresiva me choca, grita como loca, mientras la devoro ella se toca

(Choca, Plan B)

Tampoco es necesario seguir, ¿no?

La buena noticia es que del reguetón se sale. Sí, se puede. Ahora lo ves todo oscuro y difícil porque la inercia te lleva a las mismas listas de siempre en Spotify. Has creado una relación tóxica con esa música. Un círculo vicioso. Te acompaña, pero no te enriquece. La oyes y, sin darte cuenta, te está provocando daños irreversibles en el cerebro. Y si, encima, la pones a volumen alto, compartes tu mal gusto con más gente. Debes parar ya. Hoy es el día.

Cuidado con Melendi o Taburete

Yo voy a ayudarte con una fórmula que me ha ayudado a sacar a muchas personas del reguetón. Hoy son libres y escuchan música variada. Ya no buscan auriculares con refuerzos de graves. Aprovechan todas las frecuencias de los altavoces. ¿No es maravilloso? Más allá, cuando pasan por un bar donde se perpetra algún homenaje a Daddy Yankee hacen una mueca de disgusto, te miran y preguntan “Yo oía antes eso, ¿verdad?”. Y tú asentirás con pesar e ilusión al alimón. Porque del reguetón se sale.

Lo primero, como con todas las adicciones malas, es admitir que tenemos un problema. Hasta ahora lo has defendido. Es la fase más dura. Probablemente eres de los que emplea estas frases:

—“¡Música fácil se ha hecho en todas las décadas!”

—“¡Vamos, ni que todas las letras de Los Beatles fueran buenas!” (meterse con Sir Paul McCartney o con John Lennon es un síntoma de los más graves. Ojo ahí)

—“Solo escucho esto cuando voy de fiesta; en mi coche pongo cosas de más calidad como Melendi o Taburete” (caso de extrema complejidad porque incluye varias distorsiones de la realidad asimiladas por el paciente)

—“Tranqui, yo controlo. Solo lo consumo un par de veces por semana o cuando salgo de fiesta”.

Una vez admitida la tara sin ambages hay que aplicarse música curativa. Grábate esta frase de un conocido doctor, el gran Manuel Castillo: “La música es el alimento del cerebro”. Si esto es así, imagina lo que significa comer Maluma para tus neuronas. Una mezcla de aceite de palma, azúcar con palas y grasas de esas que atascan las arterias.

Vamos a por la posología. Comienza por cosas fáciles: R&B de los años 90. Es una buena música de transición. Bajos potentes, letras sencillas y videoclips donde salen chicos y chicas ligeritos de ropa. Roma no se conquistó en dos días. No te preocupes por no entender la poesía incluida en esas canciones: con honrosas excepciones tiene el mismo valor que en el reguetón. Solo estamos evolucionando en los planos rítmico y armónico. La poesía vendrá más adelante.

Cuando lleves entre siete y quince días con R&B de los años 90 prueba con lo más comercial de Michael Jackson y, a continuación, con sus canciones menos conocidas —Who is it, Little Susie, Leave me alone…— o aquellas más exitosas de la etapa de los Jackson 5. ¡Nadie dijo que fuera fácil!

Una vez que se activen en ti esos receptores que te permitan apreciar nuevas frecuencias del espectro musical me tiraría de cabeza a por un examen de cierta enjundia: el disco Brothers in Arms de Dire Straits. Si todavía no puedes consumirlo entero, dosifícalo. Ponte Money for nothing y el tema que da nombre al disco.

Cuando lleves un mes reeducando a tu cerebro haz la prueba: ponte de nuevo algo de reguetón cañero. ¡Magia! Verás que te produce cierto rechazo. Eso sí, aparta rápido los auriculares de tu cabeza. Estás en plena desintoxicación. No juegues al límite. En el momento en el que comiences a ruborizarte estarás en el camino adecuado.

Con el paso de las semanas y los meses serás como Neo en Matrix. Aprenderás, incluso, a utilizar distintas canciones para conseguir determinados efectos en tu ánimo. No hablamos solo de ponerse el Eye of the tiger para venirse arriba en el gimnasio, sino de escuchar el Claro de Luna de Debussy y quedarte extasiado, o de sorprender a tus colegas mientras cenas con una música que acompaña a la comida —y por la que alguno te preguntará—, en lugar de provocarles estertores con el tum, pa tum, pa tum.

Y es que, no lo dudes: del reguetón también se sale.

PD: Me silba por el auricular mi compañero Carlos Tur que “quien, además de escuchar buena música, quiera despertar sus sentidos y emociones debe escuchar a Juan Carlos Aragón”. Y estoy muy de acuerdo.

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