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Educación olímpica

Juan Carlos Aragón

“Ahora gimnasia. Qué coñazo. ¿Nos podemos quedar en clase, que tenemos luego un examen de inglés?” Y tan frescos. Capaces de dominar dos idiomas pero con la razón obtusa para comprender que el deporte es la base más sólida de la vida. Así no llegamos lejos, ni con el cuerpo ni con la mente. Nos quedamos a medio camino entre vivir y vegetar. Si dentro de los patrones de la cultura hay apéndices que siempre han sido sutilmente ninguneados, el peor parado ha sido el deporte.

Esto tiene una triste explicación. El dualismo antropológico del mundo cristiano obliga a cultivar el alma en detrimento del cuerpo, en todos los sentidos, y en contra de la cultura griega, la más humanista de cuantas hayan existido. El alma es la que se salva y asciende hasta Dios, mientras que el cuerpo no es más que un pingajo mortal y corruptible, fuente de pecado y cárcel del alma (el hijo puta-cabrón, que sólo les faltó añadir). Si le repites a los niños estos sofismas perversos durante 1600 años, lo normal es que abunde la obesidad, la neurosis colectiva, la adicción a la toxicidad, la vegetación existencial y la disfunción eréctil. Y normal también que se vote al PP. “Los gordos son más felices”. Quienes lo afirman tienen un concepto de felicidad enormemente grasiento y reactivo, lamento afirmar yo. No se lo creen ni ellos.
Incluir y asimilar el deporte como el primero de nuestros deberes diarios constituye la mayor defensa del amor propio, en el sentido más humano del doble término, “amor” y “propio”. No se trata de conseguir la inmortalidad, sino de disfrutar la mortalidad, pues lo del alma es relativo, pero lo del cuerpo es lo único absoluto que nos brinda la existencia. Quien ha tenido la suerte de sobreponerse a la falta de educación deportiva que históricamente padecemos, sabrá lo que estoy diciendo. Tampoco se trata de adelgazar ni de estar cachas para vacilar en la playa aunque, evidentemente, esto no está de más. La mente alcanza su plenitud de facultades y la elaboración de sus juicios más sólidos durante y después de un partido, una carrera, una ruta en bicicleta o una hora de natación. Sin la oxigenación integral que el deporte noble y espontáneamente genera, el entendimiento se nubla y aumentan las posibilidades de que broten la paranoia, la insensatez, la estupidez y la violencia incluso la maldad pura y dura.
Desde la óptica de la espiritualidad uso el término “espíritu”, no en clave religiosa, sino existencial, que es más operativo, el deporte nos eleva a un estado superior de la conciencia, que implica la contemplación exterior del mundo y el diálogo interno con nuestro auténtico ser. Esa es la primera y más fabulosa de las formas posibles de armonía con la naturaleza, más allá de tirar las pilas en su sitio y reciclar los tapones de Rioja. La autodisciplina y el afán de superación del yo nunca del otro completan el epistolario a favor de la defensa del deporte, defensa que, para los afortunados que lo conocemos, se nos ha convertido en necesidad: elemental y gozosa necesidad.
El resto de las asignaturas son mucho menos importantes. Además, suelen plantearse de modo que su conocimiento convierta al niño en una irreflexiva y acrítica pieza al servicio del sistema. Si al menos en los libros de texto se dijera la verdad… La caza de brujas de la filosofía es un botón de muestra de que nuestra educación detesta el libre pensamiento y la formación integral. Como el impotente y misógino Pablo de Tarso. Es coherente con esto, pues, que nuestros alumnos den sólo dos horas de Educación Física y que se les apruebe sólo asistiendo a clase, aunque su modo de asistir sea una prolongación más de la canasta de baloncesto.
No se trata de ganar medallas. Las medallas son gloria para la patria, y la patria no te quiere. Te usa. Si te quisiera de verdad, cerraría los estancos. Se trata de ganar metales para tu ser definitivo, que no es otro que tu cuerpo, tu vida, la mortal, pero la única que tienes. La gloria hispana de Barcelona’92 fue el resultado de una inversión multimillonaria. Capitalismo salvaje al servicio de la moral nacional. Los comunistas también lo hacen. Olvídate de “ganarle a”. Es más simple: gánate a ti mismo. Corre. Nada. Salta. Lucha. Vuela. Así alcanzarás la máxima socrática que presidió el templo de Apolo durante siglos: “Conócete a ti mismo”. Y si existe algo parecido a lo que los teólogos llaman espíritu, descúbrelo y llévalo contigo tan sano como tu cuerpo. Serás más feliz que sentado en el sofá frente al televisor esperando que tu país gane otra medalla. Que ya te vale. Yo, mientras, me voy a nadar, primo, que lo necesito.
JUAN CARLOS ARAGÓN

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  1. Jorge

    Me gustaria utilizar eataa afirmaciones suyas en clase de bachillerato.No puedo estar más de acuerso xon lo que usted dice y en cómo lo dice

  2. jose

    estoy de acuerdo con todo, realmente el olimpismo es el anónimo que va cuando le apetece o cuando puede, no exento de esfuerzo, es el sentido de hacer ejercicios y competir con uno mismo sin prerrogativas de negocio....y culturalmente los planteamientos juedeoscristianos en los que estamos influenciados va en contra del deporte como forma propia del ser humano..Chapó!,,ahora que lo lean los burócratas de la Educación y demás.