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[Crítica] El año más violento

Existe una nueva ola de cineastas norteamericanos muy preocupados por hallar respuesta a algunos interrogantes que existen en torno a ciertas épocas históricas de Estados Unidos. James Gray se cuestionó el orden político, social y económico de los años veinte en El sueño de Ellis, Paul Thomas Anderson lleva retratando a la Norteamérica del siglo XX en sus tres últimas películas. Y J. C. Chandor parece llevar un sendero similar, especialmente en Margin Call (dando voz y rostro a los causantes del desastre económico actual) y El año más violento, donde la tradición cinematográfica del Nuevo Hollywood vuelve a cobrar sentido.

Chandor retrata a una familia cuyo líder (al menos en apariencia) es un inmigrante latino que ha llegado a Nueva York y que actualmente controla la mayor parte del negocio del petróleo en la ciudad. Su esposa, una mujer de carácter fuerte, será la que desestabilice el modelo patriarcal que tradicionalmente se impone en este tipo de familias (véase, sin ir más lejos, la propuesta por Coppola en El Padrino, de quien esta película bebe en demasía).

El año más violento es un viaje a través de esa Norteamérica necesitada de identidad. Un país en el que los que manejan los hilos son títeres de sí mismos y no son capaces de controlar ni tan siquiera a su propia familia. Chandor, con tan solo tres largometrajes, ya se ha situado como una de las figuras más estimulantes de este resurgir del cineasta como elemento clave en la cinematografía estadounidense.

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